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Estado Opinión

EL PROFESORADO, DE LA GENERACIÓN “OBSOLETA” A LA GENERACIÓN Z

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PorJOSÉ LUIS FIGUEROA GONZÁLEZ / MASEUAL

*  Tendencias en la metamorfosis del magisterio

Jojutla, Morelos, México, 27 de febrero de 2017.-  En los años recientes se ha venido expresando en distintos espacios y por distintos actores, la preocupación acerca de los cambios generacionales que se observan a partir del auge de la era digital; incluso se han creado denominaciones para referirse al perfil de los nacidos en las décadas próximas pasadas. A los nacidos durante la generalización de la informática se les llama generación Y o “millennials” y se les ubica a partir de los años 80’ del siglo XX y hasta más o menos el año 1995, que es cuando repunta la digitalización de casi todos los procesos de comunicación, educación y trabajo, tanto en la vida personal como social. Estamos a unos veinte años del surgimiento de la generación Z. Lo importante de esta clasificación es que se trata de un esfuerzo de sociólogos, académicos, investigadores y otros especialistas para tratar de entender qué es lo que está sucediendo con quienes han nacido con una computadora, un celular o una tablet bajo el brazo y a estas alturas ya no se pueden imaginar la vida sin internet o sin redes sociales. Son niños, jóvenes y algunos treintañeros que según datos de población representan un 25 % de la gente de este planeta. Con ellos hay que tratar ahora porque vienen empujando recio en todos los ámbitos, desde lo individual, la familia, la escuela, la comunidad, lo macrosocial, el mundo laboral, etcétera. Además son ellos los que ya vienen reemplazando a los maestros de generaciones anteriores que se retiran con un signo de obsolescencia ante los cambios tecnológicos recientes. La premisa central de esta reflexión es calcular las características y consecuencias del hecho de que sean las generaciones Y y Z las que hoy en día estén empezando a ocupar el rol de educadores, con rasgos y actitudes que los señalan tan distintos a los maestros de la vieja guardia.

A propósito de la implantación fallida o calculada de la llamada reforma educativa, el caos y la confusión han venido a formar parte del escenario social y político toda vez para unos la receta es muy clara y solamente tiene que aplicarse y para otros representa una complejidad que atenta contra derechos establecidos y pretende barrer de plano los más elementales valores de la educación pública en México. En una especie de guerra de movimientos tácticos y estratégicos las partes en conflicto pretenden ganar adeptos para convencer al resto de la población de por qué sí o por qué no va la reforma educativa. De la parte renuente o en resistencia se ha venido apelando a cuestiones tales como la valiosa historia del magisterio mexicano en tanto garante del derecho a la educación para el pueblo mexicano; se ha contraatacado el carácter neoliberal del modelo gobiernista y se ha demostrado el atentado que se comente en contra de la identidad, de la cohesión social, del nacionalismo, de los valores sociales y del arraigo cultural, así como el mayor saqueo de los bienes nacionales y la explotación esclavizante de la mano de obra que se pretende favorecer desde las escuelas. Todo eso, se ha quedado corto para detener por completo el proceso llamado reforma educativa, aunque para sus promotores tampoco ha sido un camino terso y llano como el que se imaginaron. En este impasse nos encontramos mientras los contendientes siguen, en parte visibles y en parte subrepticios, con el afán de completar su cometido.

Un punto conflictivo que prácticamente no se menciona, es la manera en cómo dialogan las distintas generaciones de profesores que se están encontrando en las escuelas. Es necesario saber qué está ocurriendo respecto a esta relación intergeneracional para intentar el bosquejo de lo que puede derivarse de este proceso de implantación de la reforma educativa. Muchos maestros de reciente ingreso corresponden a la generación “millennials” (GY) y se están encontrando con generaciones de colegas que provienen de generaciones donde los discursos, los ideales, los modos de actuar, los sentidos de ser educadores, la manera de comprender la relación entre sujetos en la escuela, son marcadamente distintos. Y ya no decir, que está arribando la generación Z (GZ) con la cual las diferencias se agudizan. Por eso, tal vez sea tiempo de pensar si no estaremos tocando la puerta equivocada para entablar el diálogo y el entendimiento entre docentes que sufren condiciones laborales similares con enfoques diferentes y hasta opuestos.

La puerta equivocada puede ser la insistencia de llamar a los nuevos docentes a asumir la resistencia y la defensa de la educación pública con discursos y acciones que corresponden a lo que no les tocó vivir, a algo en lo que no creen, a lo ajeno a sus propias perspectivas de vida, a lo riesgoso por las condiciones de su contrato de trabajo. La estrategia neoliberal queda explícita si pensamos en la rápida sustitución de los maestros comprometidos con la lucha social, vía las jubilaciones y los despidos. El panorama se volverá tenebroso cuando plantilla docente quede totalmente integrada por educadores ad hoc a los propósitos de desmantelar lo que queda del sistema educativo nacional. El problema es, desde ahora, es saber encontrar la fórmula para revertir los efectos perversos del neoliberalismo en la educación, insistiendo en la recuperación de valores como la conciencia social de los educadores, el Estado de bienestar social, la identidad nacional, la pertenencia y los proyectos comunitarios, mediante un discurso y un plan de acción que nos aglutine superando las dificultades intergeneracionales. Si estamos tocando la puerta equivocada nos cansaremos de llamar o la derribaremos sin encontrar algo valioso detrás de ella. Por eso se vuelve importante el conocimiento de las características de las nuevas generaciones de educadores para buscar el posible punto de encuentro.

Se toma como una tendencia mundial en crecimiento el hecho de que a partir de la generación “millennials” el mayor foco de atención es la revolución digital, a tal grado que viene incidiendo más allá de los usos utilitarios para entrometerse con los hábitos personales y grupales, con la visión de presente y futuro, con el menosprecio a lo pasado, con la generación de expectativas de vida que ya poco se parecen a lo que estábamos acostumbrados. Tratando de definir el perfil de los GY y GZ distintos medios destacan la personalidad de niños y jóvenes como sujetos con habilidades desarrolladas para el manejo y generación de datos digitales pero con un grado de dependencia de las redes sociales y demás aplicaciones, que no pueden permanecer desconectados de internet. Esto les supone algunas ventajas sobre generaciones anteriores que se muestran indispuestas a tal uso de la tecnología o que simplemente se abruman ante tanto despliegue de información. La enorme cantidad de datos disponibles, sin un método de organización del pensamiento, naturalmente atrapa y mete en un laberinto del

que es difícil salir sin apoyo, con todo y que las propias redes sociales favorecen la creación de cualquier tipo de grupo con cualquier propósito. Y precisamente eso pasa con los GY y GZ porque, según reportes (La Jornada, 11 de febrero de 2015), el desarrollo de sus habilidades digitales no les ha favorecido a la vez el desarrollo de aptitudes que se relacionan con la reflexión, el análisis y el pensamiento crítico.

Centrados en las actualizaciones tecnológicas, en los nuevos aparatos, como mucho miedo a perderse algo de lo nuevo (Fomos o “Fear of Missing Out”), los valores morales, el sentido de la vida, la idea de futuro, se empiezan a ver orientados hacia el individualismo y al cambio de perspectiva sobre la familia, la sociedad y el trabajo. De esa manera, las condiciones laborales expoliadoras, producto de la reforma educativa, pueden parecerles no tan extrañas a los nuevos docentes porque han crecido con ese modelo en las empresas y en los trabajos con los que se han entrenado anteriormente. Los GY y GZ ya no están casados con la idea de vivir toda su vida en un solo trabajo –como sus antecesores- , aceptan con facilidad cambios de empleo o de ubicación porque están preparados a explorar otras cosas. Su rol como educadores no lo visualizan como agentes de desarrollo social sino como una carrera en la que importa el ascenso personal y las mejores condiciones materiales de vida. Lo mismo hoy son profesores que mañana puedan aceptar ser gerentes o responsables de personal en una transnacional, vendedores o empleados en cualquier otro empleo siempre y cuando les redunde en buenas ganancias. De ese modo ya no tiene caso hablar de vocación docente o espíritu de servicio.

El tema es complicado porque apenas se están realizando estudios al respecto y hay mucha especulación que debe ser corroborada; sin embargo, pretender ignorar las tendencias de metamorfosis sociales que vienen de distintas partes del mundo equivale a cerrar los ojos y tratar de atinar a encontrar a ciegas la puerta de contacto adecuada. De la parte aprovechable de los cambios recientes, tenemos que reconocer y dar su valor a los aspectos que se refieren al destacado desarrollo de las habilidades digitales para el mejor uso de las tecnologías disponibles en su aplicación al trabajo educativo y en las demás áreas de lo cotidiano. Hay que destacar el avance que significa la autonomía y el autodidactismo que se observa al menos en aspectos que tienen que ver con la informática y sus ramificaciones, junto con la iniciativa personal y la apertura de criterio ante temas polémicos como el aborto o los matrimonios igualitarios. Son características de las nuevas generaciones que bien enfocadas pueden ayudar a mejorar la comunicación intergeneracional entre docentes para encontrar las alternativas que no tenemos a la mano.

Por otro lado, las limitaciones a superar se refieren a las dificultades en las relaciones directas a causa de confiar más en el anonimato de las redes sociales que en el trato personal. También la tendencia al consumismo en toda la población es un rasgo a reconsiderar en los educadores si queremos ser orientadores de otros a través del ejemplo. La preferencia por los actos individualistas o cerrados a grupos pequeños, debe superarse con la ampliación del enfoque hacia la escuela toda y hacia la comunidad, al menos. Es importante atender la ansiedad y sus efectos con respecto al Fomos para no perderse la oportunidad de disfrutar lo

disponible por estar con las permanentes ganas de lo nuevo. Curar la visión pesimista acerca del futuro y comprometerse con la lectura de los libros esenciales y amalgamar conocimientos y sueños con la escritura creativa. Esto es válido para todos, pero en particular para los GY y GZ es un llamado a tiempo antes de perder de vista el lado humano de ser educador, de ser mujer, de ser hombre, de ser ciudadano en este complicado mundo que compartimos.

Las dificultades en las relaciones entre GY-GZ y generaciones anteriores pueden confundirse con la “natural” brecha generacional que se ha observado en todas las épocas, pero si atendemos a lo que ocurre en el plano ideológico y político a nivel global ya no resulta tan “natural” esa distancia que nos coloca a unos contra otros para ganancia de los depredadores de los recursos y del potencial de trabajo y creatividad de las personas. Por ahora, la diferencia es entre contar o no con una plaza base, -con los matices que le otorga la reforma educativa-, en el hecho de disfrutar prestaciones labores o no, en darle o no importancia al reconocimiento social hacia los maestros. En medio de esa maraña, el punto es cómo pasar del recelo cotidiano –incluso del conflicto por lo nimio- al diálogo intergeneracional con respeto y colaboración, en el entendido que a todos conviene ceder un poco.

No podemos quedarnos atrapados en el pasado glorioso ni perplejos ante el cambio incierto y sombrío. Es indispensable aprender del pasado sin quedarse en la añoranza paralizante e improductiva; pero también es fundamental no dejarse atrapar por la ilusión digital o virtual. Es la disposición necesaria para acordar un punto de encuentro entre generaciones de docentes que facilite la definición de los problemas mediante diagnósticos sustentados y la construcción de alternativas propias, específicas, regenerativas, espirales porque retomen lo mejor de lo anterior y den pasos hacia un modelo colectivo del buen vivir. La comunicación intergeneracional demanda responder a la pregunta de si es posible redireccionar el cambio educativo o es si es menester acatar los diseños preestablecidos para sobrevivir como individuos aunque nos perdamos como comunidades. Diálogo intergeneracional entre docentes para superar clichés de arrogancia, de recelos, de prejuicios, de soledades aparentemente convenientes, de visiones trasnochadas de “éxito personal”, de discriminaciones y menosprecios, de pugna por el poder para el beneficio particular.

No requerimos maestros GY y GZ para convertirse en instrumentos de un sistema de sojuzgamiento como tampoco es funcional una generación anterior que se niegue a reconocer la realidad social actual con todos sus desafíos. En el peor de los escenarios, cuando Un mundo feliz de Huxley o 1984 de Orwell pudieran ser solo pequeños anticipos de la más perversa de las maquinaciones de los seres humanos en contra de sí mismos, podrán existir los movimientos underground o la resistencia que represente la otra cara de la moneda. Siendo estratégicos no ignoremos y hagamos uso de lo contracultural, adaptemos lo hegemónico en virtud de intereses distintos a la dominación de unos contra otros.

El cambio social con justicia, con solidaridad, con dignidad, se irá acercando en la medida en que las mutaciones no se asuman sin criterio y la transformación pase por recuperar experiencias con un diseño propio, en tanto se trate de comunidad, de cómo nos da la gana

disponer con nuestro tiempo de vida. La educación se ha digitalizado pero no necesariamente para quedar suspendidos en la virtualidad de los efectos visuales y sonoros, sino para encontrar el camino que nos lleve a la realización como personas y como sociedades.

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