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Opinión

Monstruosa corrupción

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Por EDILBERTO NAVA GARCÍA / MASEUAL

Chilpancingo, Guerrero, México, 19 de junio de 2017.-  Es monstruosa la corrupción en nuestro país que por muy duchos que fuésemos en economía siempre nos quedaríamos cortos en nuestros cálculos y apreciaciones por cuanto a montos, alcances y sobre todo los enormes daños a la nación en todos sus aspectos. Y es que la corrupción  no daña únicamente a la administración pública, sino primordialmente a quienes no les llegan los beneficios de ese dinero que se desvía hacia los bolsillos y a las cuentas bancarias de funcionarios, contratistas  e intermediarios, sino que despierta a muchos a asumir la misma conducta corrupta, máxime si se observa, como es notorio, una impunidad galopante.

Empero, la corrupción no está sólo en la administración pública en todos sus niveles, pues también se da en la iniciativa privada; sí, en esos bandidos de cuello blanco que medran incluso a costillas del sector público. Bueno, ¿no a acaso es mexicano el hombre más rico del mundo? No, no crean estimados lectores que ese individuo comenzó a laborar al siguiente día de haber nacido, pues lo más seguro es que después de los 25 años de vida fue que comenzó a agigantarse su patrimonio. Cierto, esos tipos que saben usar los números se acostumbran a jamás dar un paso son huarache, descalzos pues. Y, esos de la iniciativa privada pueden poseer en determinado momento más dinero que toda la riqueza de la nación en que han nacido. Por ello suelen decidir el destino de un país. Por ahora las mafias delincuenciales actúan con la complacencia y contubernio del poder institucionalizado.

¿Que la corrupción es cultural? No señor, de ninguna manera. Es por principio de cuentas, tolerada, luego auspiciada y ligada al propio gobierno y de ahí la impunidad, la complacencia y protección, hasta donde sea posible. ¿Un ejemplo? Bueno, el robo de combustibles de los ductos de Pemex. ¡qué lindura! ¡Qué chulada! El gobierno sabía a ciencia cierta de ese robo y se entiende que lo mantuvo  en silencio mientras pudo controlarlo. Cuando se salió de ese control fue que apareció una autoridad un tanto indignada y disfrazando una persecución y, medio queriendo engañarnos, de que los pueblos defienden a los huachiccoleros, es decir, a los ordeñadores de los ductos de la empresa de clase mundial que mantuvo callado el hurto pese a que sus trabajadores forman un sindicato muy fuerte económicamente.

Con un poder judicial hundido en la polución, la ciudadanía no tiene ya en alguien más en quien confiar ni su seguridad personal ni familiar ni su patrimonio, salvo los potentados, que se llevan su dinero al extranjero pudiendo pasarlo de un país a otro. Jueces y magistrados no son impolutos y si los hubiera algunos honestos, al menor descuido se contagian pues estando como en la casa del jabonero, quien no cae resbala. Y es que la corrupción está exenta de credo y  marcha sin tanto miramiento.

De ese grado está la corrupción, copándolo casi todo y sabemos que tampoco tiene fronteras. Y sin embargo ese terrible mal no es cultural del mexicano ni su rasgo principal. Y es la autoridad o los elementos humanos del poder público, son quienes por ley y con algún principio de moralidad los que deben empeñarse  por frenar y reducirla a su mínima expresión. Y si el modelo educativo ha de fortalecerse con enseñanza práctica de los principiosmorales básicos de convivencia social, que sea ya, sin reformas  aparentes ni disfrazadas sino efectivas. Y lo mismo ha de darse en el tronco o seno familiar, pues en casa, a falta de empleo remunerativo frente una burguesía rapaz y hambreadora, los padres de familia, procurando el pan de cada día, descuidamos a sus integrantes, flaqueando consecuentemente la moralidad.

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