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Opinión

UN GOBIERNO ABOFETEADO, ¿PERO FUERTE? UN PAÍS ENCABRITADO, ¿PERO DÉBIL?

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PorJOSÉ LUIS FIGUEROA GONZÁLEZ /  MASEUAL

*  Circunstancias sociopolíticas para que predomine la sinrazón sobre la razón y la felonía sobre el bienestar común

Jojutla, Morelos, México, 31 de julio de 2017.-  Parece oneroso coincidir con la vox populi, con los analistas, con los intelectuales, con las organizaciones ciudadanas y con todos los que desaprueban el contenido y las formas que caracterizan a las acciones del gobierno federal, a nivel estatal y otros tanto a nivel municipal, porque no resulta novedoso coincidir en que México vive una frustrante, agobiante, problemática y hasta pervertida relación entre gobernantes y gobernados. Vista de manera superficial la problemática derivada del ejercicio de gobiernos corruptos que se quieren reinventar simulando que persiguen y castigan la corrupción, gobiernos que se someten a los dictados del poder imperial externo e interno, los mismos que nos quieren convencer de que sus decisiones se inspiran en el beneficio de la sociedad entera, al parecer los desentendidos, los que no captan, somos los ciudadanos comunes que solamente aspiramos a ganarnos una vida decorosa. El enredo es tremendo al grado de que los afectados pueden estar facilitando la soga y colocándosela al cuello por sí mismos; al mismo tiempo que abusadores puedan pasar por personas decentes o que sean abucheados sin efecto alguno, adornando su mal proceder con cinismo y con más felonía. Más o menos este es el resultado de la correlación de fuerzas entre ciudadanos entretenidos en placeres de moda y ocupados en trabajos extenuantes y de larga jornada, mientras los gobernantes corruptos –que son muchos- ejercen el poder con autoritarismo y mañas. El punto a desarrollar por necesidad es desentrañar qué es lo que sucede en el plano macrosocial para tratar de entender por qué se vienen agudizando los problemas del sujeto de a pie a pesar de que por sentido común ya se conoce y se coincide en la fuente de gran cantidad de males sociales.

Parece asunto de especialistas el hecho de analizar los efectos de los cambios a nivel global que nos han llevado al predominio de las corporaciones comerciales por encima de las políticas de bienestar social como obligación de Estado. Entonces puede ser ingenuo que los ciudadanos comunes solamente nos quejemos de los salarios miserables y de los abusos de funcionarios y representantes de compañías depredadoras, toda vez que no estamos entendiendo de dónde proviene el diseño y la aplicación de las políticas públicas. Quizá nos estamos aferrando a la idea –ya rebasada- de que el gobierno está para resolver problemas de orden social como la detección, planeación y aplicación de acciones para el bien común. Quizá todavía votamos por figuras políticas que nos van a venir a atender y resolver en todo aquello que nos afecta; tal vez no nos hemos percatado a quién le sirven verdaderamente y tal vez necesitemos que algo nos despierte de ese sueño de ingenuidad. Son ya décadas y décadas en los que el gatopardismo ha ido llevando las funciones de gobierno hacia reformas trascendentes que sin aspaviento y sin manejarse con objetividad y certeza revuelven lo falso con lo real para dar la impresión de estar al servicio de quienes los eligieron En una conveniente ambigüedad se nos ha pretendido convencer de que la privatización de los bienes

nacionales es mejor que la propiedad de la Nación, que el beneficio propio vale más que el bienestar social, que el placer prosaico y momentáneo es mejor que la construcción de alternativas con perspectiva de beneficio a largo plazo, que los mandatarios son los que mandan y los mandantes son los que obedecen, que la palabra “pueblo” es conveniente para hacer campañas llenas de mentiras y argucias electoreras. En fin, se trata de una enredadera de ideas y de hábitos que necesitan ser pensados y repensados.

Amparados en que vivimos la era de los cambios vertiginosos, los señores de todo tipo de poder nos envuelven y arrullan con discursos prometedores de éxitos personales y fabulosas novedades de modernidad, sabedores que el hambriento puede sobrellevar un poco el hambre poniéndole en la cabeza una torta imaginaria que lo haga caminar en la dirección indicada. Estamos en una época que el poder económico-político renueva sus certezas o las manipula al embadurnarlas de incertidumbre a complacencia en un vaivén en el que respecto a la economía lo mismo de dice una cosa que otra y se hace lo peor posible para la mayoría, así como respecto a las corruptelas en la construcción de obra pública se coludan empresas y gobiernos y por sacar la mayor ventaja la vida humana valga nada. Por supuesto, la información tendenciosa administra el enojo social y lo conduce según intereses provocando la formación de sectores encabritados pero a la vez procurando que no pasen de la molestia de banqueta a la organización social correctiva del desajuste social. La complejidad del asunto es de tal magnitud que hasta los especialistas y críticos andan revueltos queriendo ganar notoriedad a costa de competir unos contra otros y muchas veces sirviendo a intereses adversos a la sociedad.

El oficio de gobernar se ha desprestigiado de tal modo que lucha constantemente en contra del vituperio y la desaprobación social, abofeteado por la burla de los gobernados y apenas cubriéndose con el paraguas del cinismo y la desfachatez de permanecer en la negligencia y el autoritarismo, toda vez de que ya se encontró más o menos la medida a un pueblo muy aguantador. Las incongruencias y las sinrazones de un gobernador de Morelos que campantemente se lava las manos del juego sucio en el que participó para la realización de un llamado “Paso Express” que mostró el escondrijo de la mala calidad deliberada, de un afán de figurar como un modernista y benefactor de la sociedad, de cómo se echa a perder impunemente y se malgasta el erario público beneficiando a empresas amigas de ambos niveles de gobierno. El intervencionismo innecesario e indigno del gobierno federal en los asuntos de Venezuela con una cancillería en actitud de lacayo ante los deseos de un enloquecido Trump es vergüenza ajena que no ha recibido la suficiente rechifla y reclamo social. El bochorno o “bofetada de seda” sufrido por Aurelio Nuño Mayer en la Academia Mexicana de la Ciencia donde tanto doctor le simuló un trato amable irrumpido por la valentía de dos mujeres académicas de igual doctorado pero sin la conveniencia que predomina entre tanto señores de ciencia perplejos -por comodidad- con la crítica y el rechazo a Nuño de parte de dos académicas cuya actuación parece confirmar que la regla es jugarle a la neutralidad por beneficio propio y apostarle al poderoso hasta que pierda. Se confirma que en el ambiente

académico predomina lo convenenciero y que los científicos críticos y valientes son garbanzos de a libra.

Un funcionario público es servil a quien le ordena actuar en contra del bien común y se parece mucho al académico acrítico y que juega solamente la carrera por los honores y las altas prestaciones; la connivencia entre estos sujetos los lleva a la conveniencia de aparentar mucho porte en el entendido de que trabajan para los mismos patrones y que más vale fingir sonrisas y dar abrazos de pura formalidad antes que tocar con el vientecillo de una pregunta incómoda o de exigir justicia o al menos levantar un puño que los haga ver feos en las fotos oficiales. El cinismo los salva a ambos al grado que de críticas no se van a morir, vamos ni siquiera verán reducidos sus privilegios sino todo lo contrario. Si las críticas dieran prurito el gobierno y los señores del saber estarían rascándose todo el día; gobierno criticado o académicos neutraloides no son entes reducidos de poder por sus pifias y desmanes, aunque algunos pretendan verlo de esa manera. Del mismo modo, un país encabritado no necesariamente se encamina hacia la defensa real de sus derechos, en todo caso todo puede quedar en un estado de cosas en el que el enojo mayoritario sea impotente ante cualquier poder cuestionado.

En los tiempos de auge del pensamiento dialéctico y de las experiencia “exitosas” de los grupos revolucionarios que accedieron al poder con alto costo en sacrificio humano, las organizaciones sociales en México tenían más o menos bien definido a quién se enfrentaban porque estaban bien delimitadas las fronteras entre posturas y prácticas. Los valores estaban orientados hacia la solidaridad y el cambio social a favor de los desfavorecidos a lo que se entendía en ese sentido; sin embargo, hoy en día el sistema empresarial de vida ha permeado de tal forma que los valores absorbidos se orientan hacia la competencia entre pares, el individualismo y la subordinación “natural”. En general gana una visión del modelo de vida reducido al ámbito familiar -cuando no al personal- y ese pensamiento dificulta enormemente la integración de los ciudadanos para construir el bienestar comunitario, perdiéndose en la queja o el reclamo hacia un gobierno que de antemano deberíamos saber que va quedando cada vez más reducido a funciones administrativas y muchas solamente decorativas. El modelo empresarial ha infiltrado a todos los ámbitos de la convivencia humana y los ha maleado con sus afanes de beneficio personal, la lucha de todos contra todos por la sobrevivencia, el egoísmo y la tergiversación del sentido de la vida. Los mismos profesores sufren la tendencia que el modelo empresarial provoca al llenarlos de tensión por la inseguridad en el empleo, la competencia que degrada y la búsqueda de la evasión a través de las prácticas hedonistas, digitales y de otros tipos.

De un país de personas abocadas al trabajo con empeño, pueblo de sujetos curiosos por naturaleza, incluso rebeldes apropiados de una profunda identidad cultural, vamos pasando a una sociedad desarticulada, molesta con lo injusto pero a la vez desactivada con la excepción de lo que va quedando como vanguardia de la lucha social, rica en recursos naturales y posibilidades de desarrollo humano pero atrapada en la precariedad. Tal vez el presente de la sociedad mexicana sea el momento histórico de mayor progreso material y a la vez el de mayor desigualdad social, no tan diferente al de muchas otras partes del mundo. Se cuenta con

estudiantes y académicos de alto nivel de preparación y desempeño, pero también con la mayor desvinculación con la problemática social real, toda vez que no se incide suficientemente en la toma de decisiones. También es la era del mexicano que cree o busca el apoyo de “seres superiores” por no creer en sí mismo; el mismo que no se da cuenta de que es intelectualmente poderoso pero que no sabe que sabe.

De las bofetadas “de seda” a sujetos de ignominia como Nuño Mayer nos vamos conformando a vivir en la frustración eterna. Para casi todos los métodos de protesta social la contraparte ya tiene el antídoto. Para las marchas y mítines se cuenta con la indiferencia que hace ganar tiempo o la negociación engañosa y apagafuegos con simulaciones o concesiones irrelevantes; para la protesta enérgica la criminalización y la persecución no suelen fallar. El catálogo anti protesta social también incluye la cooptación de líderes de flacas y comerciales convicciones, la propaganda a base de calumnias, la compra de conciencias, el desgaste del oponente sometiéndolo a un ritmo de vuelta y vuelta, etcétera. Por supuesto que el carácter de lucha se forja en la aceptación del reto a sabiendas de todo lo que puede ocurrir; saberlo es necesario para no ceder a posturas equivocadas como el inmediatismo o la idea de encontrar soluciones de manera pronta y con poco esfuerzo. La visión inmediatista sobre los problemas que nos aquejan es provocada por la ingenuidad de creer que ante cualquier dificultad hay que invocar la fuerza del deseo para lograr la solución en breve tiempo, por creer que la parte oponente coincide en nuestro diagnóstico de la situación, además de la impaciencia y la falta de temple ante los esfuerzos que demanda cada conflicto. Esto nos lleva a perder de vista la noción de lucha a mediano y largo plazo, la mayoría de las veces con más sacrificios que resultados; esta es una idea que nos cuesta trabajo desarrollar cuando mayor es el deseo por disfrutar antes que por aportar.

De lo anterior se desprenden las circunstancias sociopolíticas para explicarnos por qué la sinrazón la gana a la razón y la felonía a la necesidad de construir el bienestar social para todos. Cuando mentalmente nos vamos condicionando a aceptar que las crisis sociales tienen que ser por la propia naturaleza humana y que más vale irse acostumbrando para no volverse un inadaptado o un neurótico irremediable. La cara dura de esta situación se observa en la indolencia del ciudadano que hace como que no ve para no tener que sufrir de más ante lo que considera inevitable. Método de evasión que se complementa con la aceptación de la frustración que por alguna razón nos tocó vivir. De ahí es muy fácil pasarse la vida sin proyectos de desarrollo personal y grupal ya que de tanto no alcanzar las uvas se nos termina el antojo. Ya sin proyecto de algún tipo todo mundo queda expuesto a las fuerzas organizadas convenientemente para inscribir a cada sujeto como cliente, adepto, colaborador, dependiente, lacayo, empleado, satélite, subordinado o cualquier otro papelito degradado a secundón o terciario. Asumiendo la moral de la dependencia o de la participación subordinada ya no quedan muchas posibilidades de pensar y actuar reflexivamente para llevar a cabo proyectos de transformación social y todo se reduce a la sobrevivencia a como dé lugar. Queda implícito que cada uno vea por su provecho sin importar trepar por encima de los demás o servir a lo

más abyecto. Junto con lo anterior se produce la lenta y paulatina pérdida de la memoria histórica para no sufrir conscientemente el reduccionismo a una vida de autocomplacencia en medio de la debacle social.

La cuestión se nos devuelve con la pregunta acerca de cómo recuperar y regenerar la esperanza. Si nos damos cuenta de que el coraje sin acompañamiento reflexivo y sin conocimiento de causa deriva en protesta vana y en más frustración, nos puede entrar la duda acerca de la importancia de reeducarnos como sujetos de reflexión bien sustentada y hasta sistematizada para poder percibir mejor el valor de la esperanza ante la parálisis y la acción por mero enojo en solitario. Como decía Freire la esperanza va ligada a la alegría como el estado emocional indispensable para fraguar y actuar por el cambio social. Por supuesto no es el caso de la alegría y la esperanza borrachas de falsas expectativas e inspiradas en una idea frívola y hedonista sobre lo que significa el buen vivir, que no es igual al vivir bien. Esto supone además saber cuestionar al sentido hedonista de la vida para pasar del goce superficial a la actitud de esfuerzo, la valoración del trabajo como método de transformación humanizante para alcanzar el temple necesario y soportar el grado de dolor y sacrificio que implica toda obra trascendente. En esta labor recobra importancia la recuperación y reinterpretación de la historia nacional y local para comparar la situación actual con enfoques de momentos históricos determinados y quizá aún más delicados que lo que observamos alrededor. Conocer y repensar la historia más allá de la repetición de datos; conocimiento para provocar el debate y la construcción de alternativas. En todo caso será mejor iniciar con proyectos para cambios de pequeña dimensión con el entendido de subir los niveles de reflexión y acción gradualmente.

De lo aparencial se observa necesario buscar lo real sustentando el proceso más allá de las apreciaciones superficiales y estereotipadas. Los docentes como punta de lanza de este proceso en el que nos vamos quedando –obligados por las circunstancias- como los más indicados para aprender y reaprender a pensar el mundo de modo que podamos enseñar aplicando en su transformación los métodos y técnicas para la emancipación intelectual que nos lleve a corregir lo que se debe corregir sin mayor demora.

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