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Estado Opinión

LAS IDENTIDADES EN TIEMPOS DE CRISIS

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PorJOSÉ LUIS FIGUEROA GONZÁLEZ / MASEUAL

La importancia de reconocerse a sí mismo ante los demás en el centro de las crisis sociales

¿Cuál es la “Identidad nacional” de los indígenas?

¿Pueden ser los mismo la identidad de los empresarios

y la de los campesinos?¿Hay identidad o hay identidades?

Carlos Monsiváis

Jojutla, Morelos, México, 17 de octubre de 2017.-   Y resulta que Leviatán, el monstruo en forma de serpiente marina según la descripción bíblica, pasó por Jojutla, Morelos, y en cada coletazo tiró diez casas y dejó una en pie, diez derrumbadas y una en pie; bueno, así lo explica el párroco de la iglesia de San Miguel Arcángel, la principal de esta localidad, la misma que sufrió graves daños materiales causados por el sismo 19/S-17. La evocación bíblica del sacerdote le pone un toque de religiosidad al asunto e introduce un elemento para la interpretación psicosocial del fenómeno, toda vez que Leviatán es la mismísima representación del demonio. Explicación interesada de la realidad, semejante a la que hacen grupos evangélicos que afirman contar con protección divina porque cayeron más templos católicos que de los suyos. Aparecen sin pedirlo, la identidad religiosa y la pugna por el poder sobre la feligresía como signos de interpretación interesada acerca de la catástrofe. De ahí se deriva la necesidad de tomar en cuenta el concepto de identidad por el que actuamos en tiempos de tranquilidad y con mayor relevancia en tiempos de crisis.

En otro escenario nos encontramos a la puerta de un edificio en pie donde se lleva a cabo una reunión de comerciantes afectados por el sismo. Una mujer madura nos recibe con la invitación de “pásenle, pásenle, todos están invitados”; le decimos que lo haremos un poco después, nos reconoce y dice: “pásenle, hoy Jojutla Somos Todos”. Pasamos a la reunión y como esperábamos se tratan exclusivamente los asuntos de interés para los comerciantes del primer cuadro de la ciudad que resultaron afectados; se informa que cada uno recibirá de entrada un apoyo de diez mil pesos a fondo perdido para resarcir un poco los daños. Todo parece ir por buen camino y dejamos la reunión con los interesados apuntándose en una lista. Nuevamente notamos un ingrediente de identidad muy bien marcado.

Seguimos recorriendo Jojutla devastado y encontramos de cuando en cuando letreros de #Fuerza México; suponemos que fueron colocados por brigadistas al entregar la copiosa ayuda que se ha recibido. Indagamos y nos enteramos que se trata de un fideicomiso de empresarios que se aprestan a contribuir en la reconstrucción; suponemos que será bajo sus reglas pero no nos queda del todo claro ese proyecto. Así, en el centro de la crisis compensada con la ayuda casi inmediata se nos va dibujando el tema de la identidad de cada grupo a nivel local, nacional y más allá. Sin embargo, un discurso pretendidamente aglutinador se esparce por la ciudad convocando a la unidad de esfuerzos, a la participación de todo mundo para ayudar a los vecinos en desgracia, todos somos importantes –se dice- aunque no deja de percibirse un ánimo paternalista en el que la batuta ya se sabe de quién es. Los damnificados reciben agradecidos la ayuda disponible sin atinar a definir el rumbo que tomarán las cosas, la perplejidad se prolonga. Otros no damnificados aprovechan la ocasión para recolectar la mayor cantidad posible de despensas, conseguir comida gratis en los albergues, contar con un lugar donde dormir y hasta divertirse un rato con la representación de El chavo del 8 y sus amigos, ejecutada por algún grupo voluntario. Dentro de la desgracia, la vida cotidiana empieza nuevamente cada mañana para darse cuenta que estamos entre escombros y no sabemos a dónde iremos a dar. Nostalgia, depresión, sentimiento de soledad, necesidad de relatar para espantar al Leviatán, furia contra los aprovechados y expulsión cuando se les identifica, la diputada H fortaleciendo sus bastiones sin abandonar sus claras intenciones de proselitismo para su próxima campaña, otros aspirantes actuando más en las sombras pero sin dejar pasar oportunidades, todo eso y más pulula entre los lotes baldíos en los que se convirtieron las manzanas de viviendas y edificios demolidos. Cruce de identidades en medio de una vestidura de homogeneidad en el desastre. Bueno fuera que se tratara de identidades complementarias, pero ahora como antes del sismo el jaloneo subterráneo subsiste abajito de los discursos y las acciones. Si la confusión ha sido el signo de la vida cotidiana, hoy se incrementa por el aturdimiento en la desgracia y porque la necesidad material va por encima de cualquier reflexión; si antes los vivales políticos y de otro orden nos controlaban por la dádiva, hoy la apuesta es reforzar este método con miras a las elecciones del año próximo.

A manera de precaución para los que se den lugar, aquí se propone un intento de reflexión para definir el sentido de identidad que nos mueve y nos enlaza con los otros, cada uno con sus filias y su fobias. Responder a las preguntas de quién soy, de quiénes somos, qué queremos y a dónde vamos, son hoy en día más oportunas que nunca; primero porque los afortunados sobrevivientes tenemos la oportunidad de replantear muchos aspectos de nuestro modo de vida y segundo porque también es oportunidad para esclarecer un poco más cuál es nuestro lugar en eso que llamamos identidad nacional e identidad local. El sentido de pertenencia es muy importante para sentirse integrado al medio en el que se vive; dicho sentido se hereda o se inculca desde la familia, el barrio o la escuela, pero no es suficiente por sí mismo cuando se asume y se aplica por inercia o simple imitación. La identidad, sin caer en sesudas elaboraciones teóricas, requiere tomar conciencia de los elementos sociales que van configurando la manera de pensar y de actuar, en lo individual y en lo colectivo.

Intencionalmente el concepto de identidad nacional se ha manejado con un halo de vaguedad, ambigüedad que favorece su uso político. Cuando ha convenido a los intereses de Estado el llamado a la unidad nacional se ha ligado al concepto de identidad nacional, verbigracia la época del México posrevolucionario; para la modernidad globalizada la idea de nación es un estorbo y entonces la tendencia es a diluir los contenidos de identidad nacional. En resumidas cuentas no se sabe dónde está eso que se llama identidad nacional porque en la realidad concreta se impone la diversidad y hasta la contradicción entre individuos y grupos. Pese a todo, admitiendo que sería bueno encontrar la identidad nacional más allá de las

superficialidades comercializadas difundidas por los llamados medios de comunicación, los mexicanos promedio no nos hemos detenido lo suficiente para pensar en sí mismos y le hemos dejado la tarea a los sociólogos, psicoanalistas y todo experto que ha intentado endilgarnos una camisa que nos dé personalidad propia. No estaría mal usar ropajes prefabricados si no fuera porque la identidad sigue siendo definida según intereses preconcebidos. Algunos llaman a esto “llevar agua a su molino” o para otros esclarecimiento en la manera de entender y de actuar. Como el azogue, la identidad sigue siendo territorio movedizo en el que pocos se quieren adentrar para no lastimar su sentido común de las cosas.

Un breve recorrido histórico nos recordará que de siempre México ha sido varios Méxicos y no uno solo. Las clases sociales tan marcadas en los pueblos nativos, la estratificación social durante la Colonia, el conservadurismo versus el liberalismo durante la reforma, el México de la llamada unidad nacional de la posrevolución atrapado en la simulación politiquera y los golpes de timón para adaptarse al concierto mundial establecido por Estados Unidos, toda una configuración matizada por la influencia del clero y por la resistencia social del pueblo. Largo transitar en pocos siglos de un país que ha aprendido a llorar cantando y a maldecir y burlarse echando desmadre. La identidad nacional abandonada a lo díceres y metáforas de los intelectuales que hablan de axolotes para referirse a los mexicanos por su inacabado desarrollo; el uso de la metáfora por no poder atrapar el sentido de identidad tan buscado. Los trasfondos de la identidad siempre están ahí y en tiempos de crisis salen por las rendijas y son más fáciles de atrapar.

Para Carlos Monsiváis eran preocupaciones centrales responder a preguntas como: ¿Qué significa ser mexicano? ¿Existe eso que se llama identidad nacional? De existir, ¿se trata de un concepto inmóvil o cambiante según circunstancias? En un artículo publicado en 1994 y ahora retomado por la Revista de la Universidad de México (Nueva Época, N° 828, septiembre 2017) titulado “Identidad Nacional. Lo sagrado y lo profundo”, hace referencia al conflicto de pretender una definición de identidad nacional sin considerar la diversidad de todo tipo. En el texto marca el lugar deplorable que dicha concepción le ha otorgado a la mujer y se refiere a las estrategias de sobrevivencia del “populacho” bajo el acoso de las clases dominantes. Consuelo del pobre ha sido desquitarse de los opresores mediante la ridiculización y el relajo, resistir con la algarabía que le resta importancia a las calamidades y hacerse justicia a su manera cuando haya lugar. Un México ya no tan agradable para las buenas conciencias que nos describen en una “armoniosa colectividad”, sobre todo en tiempos de crisis. Las identidades se desnudan obligatoriamente en tiempos de catástrofes y conflictos; no hay opción, el verdadero yo salta y defiende lo suyo, calcula provechos, renace lo humano o se agarra de la denigración. El comercialismo también saca raja aunque sea disimulada, a nivel local se producen encuentros y desencuentros con los que ya conocíamos o se dan a conocer, todo en un marco de conciliación y esperanza relativizadas.

“¿Y dónde está toda la gente que iba a recibir la ayuda?”, interroga el representante de una brigada de apoyo con cámara en mano para fotografiar a los damnificados. No le convencen las explicaciones y termina llevándose las cobijas que iba a repartir, los que observamos nos quedamos pensando que al fin que ni queríamos porque en Jojutla hace mucho calor. Este fue un modo de aplicar la identidad desde la figura del que ayuda y que quiere a los damnificados haciendo fila para recibir el apoyo. Pero los damnificados están allá dónde se cayeron sus casas, cuidando lo poco que quedó y negándose a ver escombros en lugar del hogar que se construyó con la inversión de toda una vida de trabajo. No estamos en la misma frecuencia. Los sismos y sus secuelas en technicolor o en 4D, turismo catastrofista dice un locutor, vuelos en ultraligeros que salen de Tequesquitengo para que los paseantes nos vean desde el cielo y se admiren de las dimensiones de la destrucción y las comparen con cualquier película de Hollywood. En otro punto la camioneta con el logo y marca Cinépolis se bajan equipo y sillas para la proyección “gratuita” de una película en un área de gran afectación. Identidades e intereses cruzados, vislumbre de vicios repetidos y pinceladas de esperanza. Prácticas que centralizan las acciones, dialéctica entre identidades a nivel local y nacional.

De cualquier forma, lo que Monsiváis llama “populacho” también tiene su modo de moverse y se vale de sus propias estrategias para sobrevivir y defenderse. Para tal efecto es muy apropiado saber camuflarse mediante la observación y la simulación, aprovechar lo que esté a la mano y hasta hacer provisiones para un futuro incierto. No hay saqueos simplemente se cobra lo que nos tienen adeudado los que tienen de más; casi con el grito de “sálvese quien pueda”, se trata de acopiar y pasarla lo mejor posible. Los saqueos no se justifican en un sentido general pero alguna explicación sociopolítica deben tener, tal vez ligada a ciertos términos del psicoanálisis; los jojutlenses que lo hicieron no inventaron el saqueo aunque a lo mejor lo aprendieron en la televisión alarmista. Pasmo social en Jojutla, desorganización evidente por gracia de un gobierno ya no rebasado sino anulado, la pesada estupefacción y aturdimiento, individuos y grupos políticos, empresariales y religiosos en lo suyo, con todo Jojutla no está aniquilada porque ya entendimos que la vida continúa y que es de urgente necesidad ponerse en plena forma para la prolongada reconstrucción que se nos viene. En cualquier caso es necesario revitalizar la propia identidad, reconocer el papel que se juega en el ámbito local y nacional para reforzar lo debilitado a modo de mirarse y actuar como autogestores del destino individual y colectivo.

Ser uno mismo con perspectiva social, clarificar quiénes somos y para dónde queremos caminar, construir la fuerza de la organización posible, son las tareas que se dibujan para el deseado renacimiento de un Jojutla con signos de fortalecimiento en su identidad dentro de la complejidad moderna. Darse cuenta de que el barco se nos fue de lado tanto por las fuerzas naturales como por el desdén, la mansedumbre y la falta de participación ciudadana en los asuntos de interés social. Si esta lección no se aprende quedaremos a expensas de la incapacidad de organización y reacción, la manipulación en todas sus formas y el dominio de los de siempre.

En la escuela de todos los niveles se podrá repensar la identidad nacional y local de manera que sea posible atrincherarnos en nuestras fortalezas manifiestas y latentes para superar el trauma, las pérdidas y aplicar a fondo la capacidad de reconstrucción. Se agradece la ayuda venida de todas partes pero somos conscientes de que no se prolongará por mucho tiempo. Por otra parte, quiénes conocemos y tenemos la obligación de rehacernos somos nosotros. Es oportuno entonces que niños, jóvenes y adultos orientados por sus maestros logren pasar del temor a la fortaleza moral y física para desencallar el barco, pero con los pies en la tierra de saber quiénes somos y a qué nos tenemos que enfrentar. Bocetar un futuro feliz es sencillo, lo difícil es cotejarlo con la realidad y hacerlo medianamente posible.

También es la oportunidad para que los profesores profundicen sobre el sentido de identidad que mueve a su quehacer pedagógico y social, ubicándose en un compromiso definido que trascienda su individualidad y en un contexto social real. Desprenderse de la seducción del mundo moderno centrado en el yo, así como ampliar el análisis social de la realidad, puede proveer a los maestros de un sentido renovado de su labor ahora arrinconada a sus aulas bajo el escrutinio de una autoridad desdeñosa del bien común que ha adoptado el modelo de identidad por predominio económico. A los maestros comprometidos con una identidad crítica y a favor de la transformación social, les resultará beneficioso ahondar en los principios de la educación popular y demás propuestas de educación alternativa para el esclarecimiento y la fortaleza de identidades locales frente a los afanes del modelo basado en estereotipos. La historia local y nacional es la herramienta pertinente para reconstruir la identidad basados en valores y enseñanzas que nos dejaron los antepasados no sin procesarlas de acuerdo a los desafíos y condiciones de realidad actual. Desde la escuela catarsis para superar el dolor, reflexión para rencontrarnos consigo mismos y con los demás del entorno inmediato a través de configuración y la reconfiguración de la identidad. Este puede ser el punto de partida para avanzar hacia la solidaridad desinteresada, hacia la reconstrucción social en amplio sentido y al renacer dirigido por los mismos afectados.

Leviatán pasó y nos dejó lo que sabe hacer: destrucción. De ahora en adelante hay que saber identificar ese y otros tipos de demonios; hay que anticiparse a la próxima visita y hay que atrapar a muchos discípulos que siempre se han movido entre nosotros. Demonios fuera y dentro de nuestra cabeza, hoy es día de limpieza general. Salgamos a barrer las apatías, las mansedumbres, el control de los opresores, la insensibilidad, la corrupción de todos los días; llamemos al aliento, al ánimo, a la esperanza sustentada, a la unidad de esfuerzos, a la identidad fortalecedora. Parafraseando a Serrat digamos: “Entre aquellos demonios y nosotros hay algo personal”.

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