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Opinión

LA EDUCACIÓN SOCIALISTA EN MÉXICO

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PorJOSÉ LUIS FIGUEROA GONZÁLEZ / MASEUAL

El legado olvidado de la Revolución Soviética de 1917

Jojutla, Morelos, México, 8 de noviembre de 2017.-  A partir de la desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1991 se ha pretendido cubrir de polvo a la Revolución de Octubre de 1917. La indiferencia por la historia en las escuelas y la sociedad en general viene provocando una amnesia interesada en moldear a las nuevas generaciones bajo los valores hegemónicos basados en la noción de fin de la historia y el absolutismo de la economía de mercado. En parte, se ha logrado que la mirada se fije en un estilo de vida que se apega a la unipolaridad y a la uniformidad. Pese a todo, la memoria persiste y hoy en día estamos ante el Centenario de la primera revolución social que se propuso poner en práctica el pensamiento de Carlos Marx, Lenin y otros para lograr la liberación de los oprimidos y la construcción de una sociedad donde todos pudieran tener acceso a la vida digna como seres humanos e incluso alcanzar la igualdad. Ahora se escucha demagógico por tanta elucubración antifilosófica, propaganda, experimentos fallidos, desviaciones ideológicas y políticas, etcétera; sin embargo, conviene saber que hubo un tiempo en que la gente que se lo tomó en serio y puso todo su empeño por lograr el modelo de sociedad propuesto. Octubre de 1917, o noviembre según el calendario gregoriano, fue el tiempo en que ni el poderosísimo y absolutista zar de Rusia pudo detener los acontecimientos que por arrogancia y egolatría no logró descifrar y mucho menos evitar las consecuencias. El ánimo puede ser la añoranza por la utopía que se cayó de entre las manos o el menosprecio por la experiencia que derivó en represión feroz, burocratismo sañudo, muerte de millones a manos del stalinismo y en el peor de los casos el desconocimiento de la historia que produce apatía y nihilismo; pese a todo, también estamos ante la oportunidad para la reflexión que permita rescatar lo valioso de aquella revolución para enfrentar los problemas de hoy en día.

Como la historia se cuenta según intereses, es necesario diferenciar los motivos de cada versión. De la propaganda de Estado a la propaganda exterior con fines de predominio imperialista, de las nociones que pueda manejar el ciudadano común a las elevadas interpretaciones de los académicos –tampoco exentos de tendencias interesadas-, de la mirada atrapada en el pasado al pensamiento contemporáneo que ha decidido prescindir de la historia, en todas esas dimensiones los hechos históricos corren riesgo de tomarse sin precaución, sin criterio y sin conciencia de su relevancia. Así, desde tal complejidad, la Revolución de 1917 en Rusia puede tomarse como una celebración nacional que sólo le interesa a los rusos –y ni a todos ellos de la misma manera- pasando como lo lejano que nada más suena a lo anacrónico, a fracaso, a manipulación y represión social, desfase de la modernidad actual. De esa manera es fácil dejar de lado las aportaciones de tal acontecimiento, su influencia en los movimientos revolucionarios durante el siglo XX, los avances en cuestión de derechos laborales, sociales y humanos, el desarrollo de modelos educativos progresistas, la generación y difusión de ideas filosóficas acerca del sentido de la existencia y de la realización del ser humano.

Para centrar el análisis baste referirse a la correlación de objetivos e ideología entre la Revolución de Octubre de 1917 y la Revolución Mexicana de 1910. La influencia socialista

alcanzó al mismo Emiliano Zapata al grado de escribir una carta expresando las coincidencias de su movimiento con los revolucionarios soviéticos. Reconozcamos la presencia socialista en varios artículos –a pesar de tanta reforma- de la Constitución Política Mexicana. La reivindicación de los derechos de los trabajadores, la soberanía popular, la justicia social, el resguardo del patrimonio nacional, la educación nacional y para el desarrollo integral de las personas, han estado en la letra y persisten de algún modo en la llamada Carta Magna. Entonces resulta bueno recordar o saber que de 1934 a 1940 –periodo del gobierno encabezado por Lázaro Cárdenas- la educación mexicana llevó el adjetivo de “socialista”, para mayor certeza sobre la influencia referida.

Las derivaciones o rumbos distintos de la Revolución Rusa y de la Revolución Mexicana no evitaron que tuvieran un destino similar: decaimiento, rupturas, acosos, fracasos y acomodos a la dinámica unipolar. De sus defensores a sus detractores, pasando por los compadres “Mendoza” –así se conoce a los que están con el ganador hasta que pierda, según la película El compadre Mendoza de Fernando de Fuentes (1933)-, ninguno puede pasar por alto un siglo de socialismo puesto en práctica, pese a que cada uno saque las conclusiones más convincentes o más convenientes. Por eso, el sector magisterial no debería portarse indiferente a la reflexión acerca del papel desempeñado por sus predecesores; es tiempo oportuno para tratar de entender el pensamiento y las acciones de los maestros rurales socialistas del México de la posrevolución. Investido con la carga de ilusiones, promesas o proyectos de gobierno, sincero movimiento por la liberación y justicia para los oprimidos o actos de gobierno para el control y la explotación de los más pobres, el maestro mexicano de aquella época se nutrió de un pensamiento emancipador y se puso al frente de los reclamos de las comunidades. El concepto de educación socialista molestó a los grupos de poder económico y a la iglesia, por ello el gobierno tuvo que matizar lo “socialista” como lo “solidario” para no enfadar más a las jerarquías. Los maestros no tuvieron paz ni reposo para un trabajo centrado en los libros y en las aulas. Con las mayores dificultades enfrentaron a los fanáticos y a los caciques muchas veces poniendo de su parte la propia vida. Se trató de tiempos para los maestros en los que las dificultades no amainaban sus esfuerzos sino al contrario los empujaban a continuar en su labor ante los niños y ante la comunidad toda. La educación a través del trabajo con la faena en el huerto y la granja escolar, qué es sino la filosofía de la educación socialista de Antón Makarenko; el encabezamiento de las demandas comunitarias ante la autoridad y muchas veces en contra de los caciques, qué es sino la flama del pensamiento revolucionario de la Revolución de Octubre. Época de la historia de México en la que surgen las Normales Rurales con tal inspiración socialista, que hoy son el blanco de la represión y del odio acérrimo de los gobiernos neoliberales. En suma, estamos vinculados con la educación socialista a pesar de detractores y reformas en contra.

Con el gobierno de Manuel Ávila Camacho (1940-1946) se decide borra la palabra “socialista” del artículo tercero constitucional para agrado de los grupos contrarrevolucionarios en México y para hacerse agradable a la vista del imperio norteamericano. La nueva filosofía educativa se presenta como “la escuela del amor” y trata de convencer acerca de la posible reconciliación

entre las clases sociales en pugna. Tal vez ahí podemos ubicar el inicio del descenso del fervor revolucionario y el paulatino abandono de las banderas y principios por la justicia social, como dicen los que saben: “la revolución se bajó del caballo”. Pese a todo, la formación intelectual y política de los maestros prevaleció durante más tiempo y el sentido de servicio social comprometido alcanzó hasta décadas más adelante. Por ejemplo, todavía durante los años 70’ del siglo pasado en las Normales se enseñaba el principio básico que definía al maestro como “agente de transformación social” y las prácticas profesionales estaban orientas al trabajo en las aulas y con la comunidad. Algo parecido a los “Domingos Rojos” se veía cuando la muchachada normalista salía llena de algarabía armada de escobas, rastrillos, palas, zapapicos y toda clase de herramientas a limpiar caminos, asear el edificio escolar y otras obras materiales para que en la tarde niños, jóvenes, personas mayores y todo el pueblo se reuniera en la cancha o cualquier espacio público a participar en el programa socio-cultural y en la verbena popular. Romanticismo puro por la añoranza versus oportunidad para repensar el papel social del profesor.

No se puede olvidar el espíritu de “todologo” del maestro rural mexicano que lo hacía capaz de realizar las actividades más variadas a favor de cualquier necesidad del pueblo. La necesidad vuelve maestro al aprendiz y solidario al alumno. El ejemplo de ese trabajo no navegaba con el inútil afán de predicar nada más de palabra. Por supuesto, la formación política del maestro se nutría del discurso oficial “revolucionario” pero también de las lecturas de los clásicos; no faltaban los panfletos que se distribuían en las Normales anticipando acerca de las luchas que le esperaban al egresado. La Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM) había surgido desde los años del gobierno de Cárdenas y su presencia continúa hoy en día pese a toda la furia del Estado en su contra. Innegable influencia de la Revolución de Octubre hasta el presente, que no basta serle indiferente sino exige conocimiento y análisis para entender por qué ocurre lo que vemos ocurrir. Al menos saber que nos encontramos en la transición del maestro socialmente comprometido hacia el profesor- instrumento al servicio del proyecto neoliberal de educación. La trascendencia de este cambio demanda estudio de los antecedentes para poder imaginar al menos qué es lo que viene o como puede ser redireccionado.

En los elementos clave de la educación socialista que se gestó en la antigua URSS está la raíz de la explicación o el porqué de un proyecto dado por muerto varias veces pero activo a pesar de todo. Con la experiencia de Marenko en la Colonia Gorki se demostró que la personalidad humana es rescatable a pesar de encontrarse inicialmente atada a la mendicidad y a la delincuencia. El Poema Pedagógico narra la experiencia de formación con niños y jóvenes abandonados y obligados a sobrevivir en las peores condiciones, que una vez rescatados de la calle pudieron convertirse en seres humanos desarrollados en áreas del conocimiento, el arte y la cultura. El valor de una educación con razonable disciplina y dirigida a la reconfiguración del espíritu pata orientarlo hacia la productividad satisfactoria y a la creatividad para la realización de sí mismo, fueron la clave para hacer trascendente la pedagogía del socialismo. El educador socialista fue concebido como líder que orienta con el ejemplo, compartiendo el poder con los

educandos y colocando a la comunidad como eje rector de la convivencia y del proceso de construcción. Juego, trabajo y estudio se vuelven distantes en una sociedad modernista que se concibe únicamente como productora de bienes y servicios, a la vez que consumidora de los mismos. Lejano para la educación socialista estaría el reclamo de modernos padres de familia que se quejan porque a sus hijos les corresponda hacer el aseo de su lugar de trabajo, absurdo sería el papel de vigías que se les adjudica sobre los maestros según la reforma educativa en vigor; improbables los conflictos entre maestros, autoridades y padres de familia por choque de intereses. Qué será eso que se llamó educación socialista y que nos la pintan como producto maligno sin darnos cuenta de su contenido y de su relevancia a favor de los estudiantes y la comunidad. Qué sabemos de justicia social y cómo la relacionamos con el acceso a una educación liberadora. Somos conscientes o no de cómo en la escuela enseñamos el aprecio por el confort y el menosprecio por el trabajo manual al desligar la enseñanza y el aprendizaje con poner manos a la obra en actividades para el mantenimiento y embellecimiento del espacio escolar y de las áreas comunitarias destinadas al bienestar común. No se entiende por qué debería pasar de moda la relación entre trabajo, desarrollo integral de la personalidad, justicia social, felicidad, disciplina y autodisciplina razonada, juego y estudio.

A partir de los cambios producidos en la educación por el movimiento revolucionario de 1910, el maestro mexicano ha ido sufriendo una importante metamorfosis que en lugar de evolucionar parece ir en sentido contrario. La explicación reside en que el papel docente se deriva de la naturaleza del sistema político y económico vigente. Es contradictorio demandar al docente acciones revolucionarias en un contexto conservador, pero a la vez es importante no dejarse caer en las explicaciones de resignación. Los procesos sociales no se dan en la pureza total porque coexisten elementos de lo más contradictorio en una correlación de fuerzas que aparenta definir el todo en un solo sentido. El caso del reconocimiento y el liderazgo social del maestro rural mexicano resulta estorboso en un modelo social de predominio de los intereses mercantiles de las minorías; pero dicho reconocimiento y liderazgo no se borran del todo porque son parte de las resistencias de las mayorías. Tiempos de fanatismos y de prejuicios parecen no ser propicios para la función del maestro como agente social liberador, sin embargo su papel se vuelve necesario en el marco de la resistencia contrahegemónica. El maestro corporativizado en los mejores tiempos del PRI fue útil para el control social de los “revolucionarios” terminados en corruptos y asesinos, y derivó en el profesor burócrata o empleado subordinado. La dialéctica de la realidad concreta permite ver que nada es totalmente como parece y que detrás de lo aparentemente determinado persiste lo indeterminado.

Cien años de socialismo real, fracasado o esperanzador no bastan para entender dónde quedó la educación socialista o qué se puede hacer con eso que alguna vez guió el espíritu de la educación mexicana. La descalificación y la tendencia al olvido es procedimiento simplificado y apropiado para justificar el dominante estado de cosas de la actualidad, Cuestión de hilvanar los hechos para entender por qué la anulación de la formación histórica y política del profesor y sus educandos, por qué el control y la burocratización de la función docente. A una sociedad

adocenada lógico es ponerle al frente un modelo de profesor del mismo tipo, cuando lo que se requiere es acción concertada de un magisterio con el mejor desarrollo de sus facultades de pensamiento y de conciencia a favor de las comunidades desfavorecidas con las que trabaja. A todo esto convendría generar un debate acerca del sentido de la educación socialista al menos para ilustrarnos sobre lo que un día fue, pudo seguir, se desvirtuó y se proscribió sin mayor argumento.

El tamaño del “fracaso” del “socialismo real” puede ser concebido lo necesario a modo y conveniencia. Determinar que la desintegración de la URSS (1991) marcó el fin de los anhelos de justicia y desarrollo armónico para la construcción de una sociedad sin los males mayores que todos tenemos en cuenta, fue un marcaje totalmente interesado para apuntalar la supremacía de un único concepto y modo de vida. Pero resultó que no es fin sino reto para repensar y rehacer tanto la teoría como las experiencias de cambio social. No en balde la influencia del socialismo soviético llegó a distintas partes del mundo y aún persiste. ¿Hay algo qué le pueda quitar el avance educativo a la escuela cubana que forma niños con carácter, criterio, desarrollo de la personalidad, conocimiento y perspectiva de vida? ¿Tiene el pensamiento educativo socialista algo rescatable o de plano hay que abominarlo? ¿No sería más lógico estudiar el tema y tratar de vislumbrar qué ha funcionado y qué nos puede servir? El debate puede ser sobre la educación socialista, progresista, alternativa, popular, etcétera, pero debate al fin y no la inmovilidad mental, social y política a que muchos mansamente se están sometiendo.

Centenario de la Revolución de los Soviets, maestros resistentes a la pérdida de la memoria histórica, lucha constante para definir y asumir el compromiso social del profesor a pesar la espada de Damocles sobre su cabeza, debate sobre los principios elementales de una educación al servicio de la comunidad, humanización general del proceso educativo. Son mínimas propuestas para no pasar de noche este aniversario. Cuando el desencanto nos tira al grado de no saber qué sentido tienen estas reflexiones, nos levanta la impostergable necesidad de llamarnos a realizar lo posible y un poco más. El vacío que provoca la desilusión tiene que ser llenado con la esperanza de un mejor porvenir. Algo más o menos parecido a lo que pasó en la mente de los bolcheviques que tomaron por asalto el Palacio de Invierno de San Petersburgo el 25 de octubre (o 7 de noviembre) de 1917.

 

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