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Opinión

EL EDUCADOR Y LAS PROSPERIDADES DEL VICIO

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Por JOSÉ LUIS FIGUEROA GONZÁLEZ / MASEUAL

¿Por qué muchas veces fracasamos en nuestros buenos propósitos?

Jojutla, Morelos, México, 3 de enero de 2018.-  Serán los excesos típicos de las festividades de fin de año, será la predisposición a voltear al pasado para intentar mejorar el futuro, será lo que fuere pero el caso es que la costumbre consiste en hacer buenos propósitos para el nuevo ciclo de vida. Tiempo de reflexión se cruza con tiempo de desahogos; virtudes y vicios se saludan guiñándose el ojo y gustosos de que cada uno siga en su lugar sin intentar acabar el uno con el otro. La socialización desde la familia y la escuela nos ha preparado para sobrellevar la carga de conciencia acerca de lo que sabemos que hacemos mal y a la vez disfrutar la liviandad de sabernos vivos cuando ponemos a prueba nuestra capacidad de regocijarnos en vicios y defectos. La eterna batalla entre virtud y defecto es motivo para continuar insistiendo por un lado en la perfectibilidad del ser humano y por otro para seguir abanderando la idea de que sólo se vive una vez y estamos aquí brevemente para aprovechar lo bueno de la vida. La personalidad perfecta no existe y vano es pretender que la virtud domine de una vez y para siempre a los vicios; el llamado libertinaje también de cuando en cuando se cansa de tanta algarabía y por ratos hace como que recapacita para volver a lo mismo. No está claro el asunto, pero al parecer de todo esto resulta una connivencia inimaginable entre agua y aceite, entre virtud y vicio. El doble lenguaje es la forma más práctica con la que se enfrenta el dilema y entonces se reduce la tensión entre ser o no ser virtuosos, ser o no ser vicioso. Por default, el discurso pedagógico se centra en el ideal de la formación moral virtuosa pero al mismo tiempo enfrenta el peso de la realidad concreta tan poco virtuosa. Esa doble moral o doble rasero para medir los actos humanos es un aprendizaje temprano que se aprende de los adultos cuando con sus ejemplos nos dicen una cosa y con sus actos otra. De esta manera, obsesionados en educar para la virtud y nada más, no se podría sobrevivir dado lo contradictorio y paradójico del mundo circundante. Entonces, es necesario al menos intentar entender cómo funciona ese mecanismo llamado sociedad en cuestiones de virtudes, vicios y defectos para no quedar atrapados en la obsesión por el perfeccionismo o en la desfachatez cínica de así somos y ni modo.

En asuntos de buenos propósitos suele ganar generalmente la complacencia y la autocomplacencia porque casi nunca nos detenemos a calibrar las metas con relación al contexto, a los recursos disponibles, a los elementos de reflexión y de conciencia implicados desde nuestra propia naturaleza y desde la influencia social cotidiana. Por eso, resulta conveniente acudir a los filósofos y pensadores que le han puesto energía neuronal al tema, de modo que vislumbremos un poquito el más acá del problema del doble lenguaje o doble moral. No faltará quien se escandalice todavía por las disrupciones que escribió el Marqués de Sade (1740-1814) en novelas tales como Justine o los infortunios de la virtud donde cuenta la historia de una muchachita huérfana dispuesta a dedicarse en cuerpo y alma a la virtud pero que le va muy mal porque los demás se aprovechan de ella y su vida es la desgracia. En cambio, en Juliette o las prosperidades del vicio, resulta todo lo contrario porque la hermana de Justine se entrega al vicio y las llamadas bajas pasiones y le va muy bien porque vive entre los lujos y las riquezas. La polémica moraleja que plantea el incomprendido y maltratado Marqués

de Sade es que el vicio sí paga y que la virtud es un error. Sin embargo, fuera de las descripciones escandalosas que hace el autor en sus novelas, el punto es relativizar o no la relación entre virtud y vicio, discutir la actualidad o no del problema y tratar de descubrir cuál es la relación entre virtud y mala racha, acatamiento de las reglas y fracaso, vicio y prosperidad, doble moral y bienestar.

La sociedad moderna se jacta de estar libre de ataduras para los emprendedores y a la vez declara haber alcanzado el nivel óptimo para que florezca la economía total; para tal efecto envía las cuestiones morales al ámbito personalísimo de cada quien y al mismo tiempo sugiere no bajarse del tren del progreso material. Sin problemas morales, sin reflexión ética, las acciones vitales quedan a la deriva y bajo la configuración manoseada de lo virtual, aparencial, seductor o placentero. De ese modo no hay remordimientos porque todos hacemos lo mismo y a sabiendas nos engañamos unos a otros para lograr rendimientos aunque sean efímeros. Que el vicio sí paga está a la vista en la buena vida de las Juliettes y en la precariedad de las Justines. Del siglo XVIII al siglo XXI en algo hemos mejorado cuando el bochorno, el escándalo y el castigo que acompañaron a Sade provenía de una sociedad atascada en el vicio; mejorado en el sentido de que casi se ha eliminado el bochorno y el escándalo porque se le ha encontrado la utilidad económica a lo que antes escandalizaba.

El problema de cómo colocarse en un término medio entre virtud y vicio es de tránsito resbaloso, por eso se requiere un enfoque ético en el sentido de crear las condiciones y la provisión de herramientas mentales para la reflexión y la autorreflexión, la crítica y la autocrítica. Para algunos Sade fue un libérrimo escritor, para otros un enfermo de “demencia libertina” al que habría que enviar a la guillotina; sin embargo, hoy sería simplemente un emprendedor y creativo de los negocios sobre el erotismo. Pese a todo, el discutido escritor sigue siendo un referente para que las mentes abiertas puedan ir más allá de las elucubraciones pasionales y logren encontrar las posibles consecuencias de esas ideas provocadoras y adelantadas para enfrentar la hipocresía social. Para entonces, las cosquillitas que provocan los textos de Sade pueden ser un punto de partida acerca de las fuentes en la discusión de qué es bueno, qué no es bueno, preferible, deseable, posible y real. Al reconocernos en la naturaleza humana que nos es propia pudiera perfilarse una conciencia moral avanzada, abierta y lejana del moralismo vano; bien predispuesta a la comprensión y a la solidaridad con el otro, propositiva y progresiva. El punto medio se podría visualizar más cercano cuando se tenga en claro qué es lo que se quiere y para qué.

A principios del siglo XVIII Bernard de Mandeville (1670-1733) publicó un texto que significó un adelanto de lo que sería después la ideología capitalista o liberalismo económico. En La fábula de las abejas (1714) Mandeville plantea las “bondades de los vicios” porque los vicios privados hacen la prosperidad pública. En su historia explica que las naciones donde predomina la honradez y la virtud viven con menos prosperidad que donde abunda el vicio. En su metáfora se imagina una colmena donde todos eran felices porque abundaban los bribones, los malhechores, los viciosos, los corruptos al grado de que la justicia era corrupta; todo eso traía

bienestar a los habitantes de la colmena porque, por ejemplo, el vicioso daba trabajo a los proveedores de sus vicios y éstos a su vez lo hacían con otros que cubrían sus necesidades. Pero un día las abejas decidieron dejar los vicios y no quisieron más que vivir en la honradez y la virtud; entonces empezaron los problemas porque los virtuosos cuidaban su salud y ya no fueron necesarios los médicos, los conflictos se acabaron y perdieron su trabajo los abogados, se acabaron las cantinas y antros de todo tipo. Se acabó la prosperidad de esa colmena y se concluyó en que: “Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado. Fraude, lujo y orgullo deben vivir, si queremos gozar de sus dulces beneficios”. Con esta historia Mandeville nos anticipó la colmena global del siglo XXI y de un texto extraño pasamos a una realidad bastante conocida.

Las anteriores consideraciones forman parte de una posible reflexión vinculatoria de pensamientos provenientes del pasado pero curiosamente observables en el presente y lamentablemente proyectables al futuro. Las arenas movedizas de la educación valoral o la colocación de las virtudes en la educación actual nos amenazan con tragarnos enteros si no somos capaces de reaccionar a tiempo. Que si la escuela se debe centrar en el conocimiento y dejar la formación moral a la familia, que si el docente es el responsable de la formación en valores junto con los demás habilidades, destrezas y conocimientos a pesar de que las familias caminen en sentido opuesto, que si a pesar de los pesares el docente debe ser guía en la formación de buenos propósitos y buenas acciones. La disyuntiva parece estar entre convertirse en un bribón exitoso o quedar como un tonto virtuoso; pero ninguna opción debería ser válida, por eso el reto sigue siendo cómo colocarse entre la virtud y las demandas reales de un mundo desvirtuado. Ahí está la importancia de conocer las raíces subjetivas del fracaso de la virtud o la solución entre el puritanismo y la simulación. Un rasgo insoslayable distingue a todo este panorama: vivimos en la colmena de las abejas que se sueñan felices.

El fracaso de los buenos propósitos consiste en su falta de sustento en la realidad o en el autoengaño a sabiendas de que se propone lo irreal o lo no viable. Atrapados entre el deseo de la virtud y la práctica viciosa, lo más sencillo es que ganen los círculos viciosos de prometerse y fallarse a sí mismos. La presión social es enorme para que actuemos al unísono aunque sea en contra nuestra pero en montón. Viene después la resaca y el sentimiento de culpa pero ni modo, otra vez será. No se olvide que el educador también es parte de este proceso y por lo tanto no se le pueden pedir milagros. Lo que podría resultar alternativo sería el hecho de que los docentes fueran los más interesados en romper el sitio ensayando formas de liberación de estereotipos para encaminarse hacia un desarrollo moral consciente y congruente. Esclarecer la situación en torno a los contrasentidos entre virtud y vicio, pugnar por la conformación de plan de acción que incluya a los padres de familia y a los alumnos. Los retos para el educador moral consisten en ser capaz de darse cuenta de sí y de los otros, en diseñar un plan básico de educación moral y en la práctica de alternativas ante las presiones sociales enviciadas.

El desarrollo moral y la reflexión ética no se pueden desvincular del modelo de sociedad con todas sus tribulaciones económicas, políticas y culturales. Tiempos aquellos de aspiraciones

puritanas que resultaron ser engañifas para el beneficio de algunos y el mal de muchos, tiempos actuales de enajenación que masifica y explota a las multitudes. Ni una cosa ni la otra. Necesitamos mover los pisos para darle direccionalidad a proyectos de seres humanos libres y genuinos. No es la adaptación sumisa la que nos hará felices así como tampoco la oposición enfermiza no quitará ataduras. El educador se debe aceptar como guía y promotor del desarrollo moral a través de la reflexión-acción-nueva reflexión-nueva acción. De ese modo los buenos propósitos pasaran de ser simples buenos deseos a ser objetivos realizables y evaluables para su constante mejoría. La prosperidad que nos deseamos será entonces libre de las cadenas del vicio sin por eso quedar como tontos o empecinados con la virtud total.

Para contar con un nuevo año lleno de dicha y felicidad podemos esperar que ahora sí gane el mejor en las elecciones, a que una luz interior nos lleve a mejores hábitos, a trabajar duro para ganar más dinero, a tener salud solamente mediante la buena vibra. Otra opción es empezar a quitar vendas de los ojos, a decidirse por salir de la mansedumbre que conviene a nuestros verdugos, a leer un poco más que el año anterior, a tantas pequeñas acciones que nos brinden finalmente un gran beneficio. Feliz año Nuevo 2018, pero no un nuevo círculo vicioso.

 

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