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Opinión

El gobernador en Chilapa

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Por EDILBERTO NAVA GARCÍA

 

Chilpancingo, Guerrero, México, 29 de octubre de 2018.-  En las primeras horas del pasado lunes, el gobernador Héctor Astudillo Flores visitó Chilapa en un ambiente de cordialidad política y aparente clima de tranquilidad. Como es costumbre, en la visita de un mandatario, sea estatal o federal, las autoridades municipales,  los grupos organizados, la gente pues, recibe apoyos de las distintas dependencias. Y hubo apoyos, estímulos y apapachos, como sembrando confianza.

Lo cierto es que Chilapa, otrora centro del control religioso por haber sido sede episcopal, además de su ancestral carácter comercial, no vive hoy sus mejores tiempos. No, ahora ahí se sobrevive con angustia, con temor permanente y creyentes o no, todos traen el Jesús en la boca. No hay tranquilidad pública, de ninguna manera, pues ahí se están peleando la plaza los malosos, los grupos delincuenciales debido a que el gobierno de todos los niveles ha sido incapaz de frenar, disminuir y mucho menos vencer.

Algunos lugareños suponen que los transportistas laboran ya con más regularidad, porque un jerarca eclesiástico metió las manos y se ufana  en asegurar que dialoga, que acuerda con sus homólogos de grupos de la delincuencia organizada. Es probable, porque la iglesia puede eso y más, pues bastaría con recordar el papel de Juan Jesús Posadas, aquel obispo de Guadalajara, del portafolios de Gironamo Prigioni, delegado apostólico, porque en ese entonces no había nuncio en México. Pues bien, en Chilapa ha habido durante el año, semanas de relativa calma, interrumpida intempestivamente por sonoros disparos. El vecindario, de pronto, no se acerca  a los ejecutados o lo hace con mayor angustia y conmisceración, pues las policías y los forences tardan más en arribar a los lugares de las ejecuciones.

Chilapa ha cambiado. Los vecinos dan la impresión de que se están acostumbrando a ver asesinatos casi a diario. Y eso no es normal en un lugar donde antes se concentraban las limosnas, los diezmos y a portaciones parroquiales, donde seminaristas y curas vistiendo sotana recorrían las empedradas calles, tan en lo suyo, despreocupados de su alrededor, porque sabían de antemano que ahí se respiraba tranquilidad; donde los comerciantes hacían su agosto durante todo el año, como siempre, el pez más grande comiéndose  al más pequeño. Todo en santa paz. Ahora los comerciantes viven también con el ¡Jesús! en la boca, no por profunda religiosidad, sino porque suponen  que de un momento a otro les caen encima los enviados de los mandos  delincuenciales. O aportan cuota, o aportan, no hay alternativa. Una negativa, piensan, dicen, es darse por muerto más pronto que tarde. El gobierno no brinda garantías efectivas a ningún estrato social, a grado tal, que los poderosos cuidan sus vidas, sus investiduras a como dios les da a entender.

¿Las policías? ¿Los protocolos? Esos son como de papel, decorativos. Esos detienen a los pacíficos, a los indefensos, a los  justos, porque viven pobremente en sus hogares. Con los de su igual, nada. Son sumisos y hasta se acobardanm por lo que prefieren recibir órdenes referentes a acuerdos de los altos mandos. Como dicen que asegura un obispo: es mejor negociar con la contraparte. Los mandos policiacos saben que deben cuidar a los funcionarios. Esa responsabilidad la cumplen lo mejor que pueden. Así que si ayer hubo tranquilidad en Chilapa durante la visita del ejecutivo estatal, o es un milagro o debido a un acuerdo previo basado en el “dejar hacer, dejar pasar”.

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