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Columna

POR LA LIBRE 2180

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Por IGNACIO CORTÉS MORALES / MASEUAL

Cuernavaca, Morelos, México, 6 de octubre de 2019.-  1.- No quisiera perderte Al llegar a casa, S se comunicó por móvil con C, quien no contestó de inmediato, se dio el tiempo para pensarlo, porque no quería tener otra escena como la vivida horas antes en la oficina, le estresaba, y se daba cuenta perfecta que esta relación no se consolidaba, había dudas, se había metido en la vorágine de culpas que derivaban en los reclamos constantes, por lo que aguardó, pero ante la insistencia, la tercera en el orden, lo hizo porque tampoco quería tensar las cosas como para que se rompieran; quería soluciones, que se reflexionara y se acomodara todo, de tal manera, que se tuvieran más días de vida y no de discusión, y menos por necedades y cuestiones de edad que no tienen arreglo, más que retrocediendo el tiempo, lo que es imposible, no se podía luchar contra la naturaleza ni contra los años, por lo que quería definiciones reflexionadas, y era claro que unas horas no bastaban para acordar consigo mismo el futuro para los dos. “Sí, buenas noches”, dijo ella, aparentando una tranquilidad que estaba más que lejana. Necesito hablar contigo, ya lo pensé, voy a buscarte, soltó él con clara ansiedad, con la intención de hacer ver a su compañera que le necesitaba, que era su todo, y suplicó: por favor, no me dejes, no sé que pasaría si no estás. Tantos años en tu búsqueda, porque ahora sé que te buscaba precisamente a ti, ¿y todo para perderte enseguida?; no es justo. Dame otra oportunidad porque he aprendido la lección y no quiero que esto se lo lleve la trampa. Eres la vida misma, y sin ti las cosas no tienen sentido; ¿hacia dónde voy sin ti?, sostuvo con premura creciente, con angustia, aferrándose a la vida, en la carta final. “Perdona, creo que una situación de este nivel no se puede resolver con unas horas. No se trata sólo de pensarlo, sino de reflexionarlo, de apropiarse de ello y dejar de lado los temores que te agobian. Es poco tiempo para hablar. Dejémoslo para después. Creo que lo mejor es terminar la semana para ajustar lo que tú traes del extranjero y dejar las tareas encaminadas y me iré unos días; estoy muy cansada; lejos para que, al regreso, se tomen las determinaciones que sean necesarias entre nosotros, pero no quiero que sea antes. No se trata de resolver lo inmediato para caer en lo mismo, es desgastante y no llevará a nada más que al abismo y vamos a terminar odiándonos; y no tengo la culpa”. Así que te vas, huyes, en lugar de quedarte y que resolvamos la situación imperante, le contestó S que volvía a exaltarse; era evidente que la situación le ganaba, que no podía controlarse, que era necesaria la distancia para que se aclarara el pensamiento, aunque para él estaba transparente, le amaba y se aferraba, no quería perderla, sin embargo, era imposible tomar las cosas con calma. La vida se le iba, lo pensaba en arrebato extremo. Justo en ese instante hubo un poco de luz, guardó silencio y bajó el móvil, y sólo lo levantó para decirle que tenía razón, que hablarían al día siguiente, en la oficina, y ella le respondió que sólo sería para cuestiones de trabajo y S ya no quiso decir más, había llegado a él una reflexión y tenía que tomarla de inmediato para encontrarle salida, y sólo se despidió, dejando ahora en C la interrogante sobre lo que estaba pasando, y es que, el no dialogar estaba envenenando a ambos; parecía un campo de batalla en el que no se confiaban nada, todo era top secret, en el sinsentido, el absurdo, y ¿cómo se puede preservar una relación ante tantas palabras a medias, lo mismo en las respuestas que en las preguntas?, y se tenía que resolver, igual para continuar que para olvidar; para S las cosas eran más difíciles, pero los dos tenían la obligación de sincerarse y de pensar en sí sin abandonar al otro a su suerte ni llevarlo a sus trampas y estado de confort; si toda la intención era positiva, no se trataba de arrastrar al otro para sí para tenerle a su merced, sino que se debía respetar su autonomía, su independencia; no un satélite y un planeta. S vio una primera luz, efectivamente, cuando entendió que la vida se le iba, por edad, y ahí se planteó si no estaba actuando con sumo egoísmo, si ponía por delante su pensar, su sentir y hasta su vida por arriba de lo que C quería, anhelaba, esperaba de la relación. Para él sería muy sencillo, es su última oportunidad en la vida, pero C, con sus treinta y tantos años tiene muchas más ocasiones, y, se dijo si no estaría asiéndola a ella por puro egoísmo y si lo mejor sería dejarle para que ella encontrara la plenitud y su pareja de acuerdo a su edad y no ante una situación un tanto forzada, que se dio hasta el enamoramiento, pero ¿cuánto perdería ella por tomar ese amor estando en la plenitud de la vida, cuando las oportunidades son muchas, máxime siendo tan bonita e inteligente?. Ante esto, lo primero que se le vino a la mente fue el gesto de dejarle para que encontrara su camino, que al fin para él la vida era el trabajo y lo seguiría haciendo y más, y con ello olvidarla al paso de los días, pero había un grito de rebeldía que le impedía ser tan generoso; había algo para justificarse: el amor sí es lo más generoso que hay, pero llevarlo al extremo es absurdo, y se justificaba, ¿y qué tal si conmigo es feliz, diez, 15 ó 20 años, y con nadie más puede hacerlo?. Desde luego que el amor también tiene algo de egoísta. Se quiere a la persona para sí, no para darla en pedazos por el mundo, eso tiene otro nombre, menos generosidad, así que voy a luchar por ella, se lo plantearé y que ella decida, y siempre me quedarán dos recursos cuando sea un inútil, o sienta que esté próximo a ello, tomar sus cosas e irse; no estaré para causarle penas, para que me cuide, que esté para mí. Si llegué a su vida es para ayudarle no para que me ayude. Eso jamás. Dejaré todo en orden y me iré, aunque, hasta el último instante estaré al pendiente de ella, y todo se lo dejaré porque también hace que crezca esta empresa, así que lo único que haré será una acción de justicia por todo el amor que me tuvo y todo el trabajo que desarrolló todos estos años en nuestra oficina. La otra es el suicidio. ¿No sé a qué se le tiene miedo?. Es la decisión más personal y libre que tenemos, pero en silencio, en la discreción, no en la alharaca para que todos se den cuenta de ello, sino como si fuera un acto de contrición, muy personal, para ti, en la sublimación de la libertad, con indicaciones precisas para causar el menor dolor posible, y para ello un “accidente” es perfecto. En fin, el caso es que, si ella acepta, será mientras pueda estar en plenitud de facultades, pero esta parte de mi decisión no la sabrá nadie, menos ella. Todos ponen el grito en el cielo, pero ¿qué diferencia se tiene entre suicidarse y buscar la muerte descaradamente, como lo hicieron varios de los que ahora son santificados y tenidos por héroes o mesías?; ¿qué no conocían su destino e hicieron todo lo que estaba en sus manos para cumplirlo. Fueron suicidas, pero eso ¡qué me importa!, lo que quiero es salvar la situación con C, aquí y ahora, lo que vendrá después, después. Por eso al día siguiente, en la oficina, él fue cortés, amable con C, lo mismo en la junta general para tocar todos los tópicos y escuchar los puntos de vista de los directores de las distintas áreas, que directamente con ella, quien era la coordinadora de la empresa, y mucho de lo que ahí sucedía pasaba por ella, que separaba lo personal del trabajo, en un gesto de profesionalismo que mucho apreciaban todos los que conocían la relación, y era evidente que se tenía a resguardo de opiniones de todo tipo, maliciosas o no, para que nadie se pasara de vivo, y cuando alguien lo intentó, fue despedido, “aquí no es la vecindad, presente su renuncia y pase por su liquidación; la señorita tiene instrucciones, y para no volverle a ver, va un extra”, arremetió C ante una indiscreción y el cotilleo. De nada valieron las súplicas, todo estaba resuelto y se procedió conforme a las reglas. S seguí pensando en el egoísmo y en la relación, y cuando llegó el viernes, ante el adiós ninguna lágrima, menos un reproche, fue hasta cordial, y el intento de él de darle un beso en la boca fue rechazado con suavidad, “tú crees que no me muero de ganas no sólo del beso, sino de pasar el fin de semana entero contigo, como pareja. Desde luego, pero no quiero que el lunes, o el mismo domingo por la tarde vengan los reproches, los pleitos; quiero que se resuelva la situación de fondo, y si vienen las discusiones, que sea por otra cosa y no por el círculo vicioso de la edad, los celos, la desconfianza, la tontería. Si te fijaste me distancié de Patricio estos días, en un absurdo; él es excelente en su área y lo necesitamos, pero no quise tener más problemas. Nos vemos a mi regreso y platicaremos, eso te lo garantizo, y si tú tienes los elementos, desde ahora te digo que me quedaré contigo, pero quiero a tus demonios vencidos, y si aparecieran, tener la madurez de discutirlo con todas sus letras y no como un reproche”. Está bien, dijo él, perdona; ¿cuándo volverás?, queriendo parecer sereno, aunque para sí las cosas no eran tan sencillas, pero el que hubiera descubierto la pista del posible egoísmo frenó sus ímpetus y había que analizar la situación, por lo que le deseo buena suerte y ella fue hacia la puerta y de espaldas subrayó: “Ojalá y tenga que regresar pronto y que sea para bien, pero de no ser así, no sabes cuánto te agradezco los tantos momentos que juntos pasamos. Lo mejor que me pudo pasar en la vida. Me encantaría estar aquí y quedarme contigo porque te amo y estaría dispuesta a aceptar todos los peros que no sean desconfianzas. Piénsalo bien, por favor, es tu vida y la más para que nos hagamos felices. No lo tires por la borda. Nos vamos a arrepentir si así sucede”. ¿A dónde vas a ir?; “no te lo voy a decir, pero estaré al pendiente, esperando que me llames. Te pido que no lo hagas sólo para llenar tu soledad. Lo que sentimos los dos no se borrará por unos kilómetros y unos días; si así fuera, querrá decir que no es firme y entonces ni al caso; todo estará dicho, por lo que no necesita reafirmarse, pero sí reflexionarse con calma, y nada me dará más gusto que me llames una noche y me pidas que regrese y que sea para siempre, pero no lo hagas antes, no lo aceptaré, no es justo”. Te voy a extrañar; “no hay razón porque yo seguiré contigo, pero a plenitud, no esperando que surja un nuevo pleito, que ni siquiera se pueda disfrutar el momento porque sé que al final vendrá la discusión por cualquier torpeza, aunque sabemos que el punto de origen es tu inseguridad”. Así que la culpa es toda mía. “Volvemos al punto de partida, encontremos soluciones”. Sí, pero te vas. “Está lo suficientemente hablado este caso y sí, me voy, porque lo tienes que resolver y saber si tienes la fuerza para ser feliz”. Está bien, no discuto más, veo que no hay solución, que te tienes que ir, que yo me quedo, que tengo que reflexionar y ya después veremos. No diré más, y sí, en el fondo me queda la esperanza de que un día recordaremos esto como una anécdota. “Nada deseo más”. Volvieron a abrazarse, a hacerse recomendaciones profesionales y personales, besos en las mejillas y ya resuelta, hermosa como siempre y con el amarillo que tan bien le sentaba, abrió la puerta, resuelta, como Nora, aunque allá para realizarse ella, y aquí para saber si él tenía la fuerza para ser y hacerla feliz. Salió, pero él no se derrumbó: Te espero, regresarás. No te voy a perder.

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