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Columna

POR LA LIBRE 2235

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Por IGNACIO CORTÉS MORALES / MASEUAL

 

 

14- No me voy a dejar vencer

 

 

Cuernavaca, Morelos, México, 1 de diciembre de 2019.- S, tras el llanto, por momentos convulso, otras en silencio, siempre para sí, tirado en la cama, se incorpora, primero lentamente, hasta hacerlo de un envión, sentado, se limpia con la mano las lágrimas; termina haciéndolo con violencia; se pone de pie, camina al gran espejo de la habitación, con una decisión que le emerge, que le recuerda que así se construyó su empresa, tras de una derrota, un contrato que no se dio, que, ya ligado, se perdió, y después de entrar a su oficina, entonces un cuartito en el que apenas cabía él y otra persona, un escritorio y una vieja máquina de escribir, hundirse en la depresión, con la tarjeta en la mano en la que le ofrecían un empleo seguro, de bajo sueldo, pero con la total garantía de que sería hasta la jubilación, quemó sus naves, rompió la tarjeta, salió a la calle dispuesto a pelear el contrato, llegar y sin anunciarse entrar y exigir sólo los tres minutos de paciencia y salir con la firma autorizada para regresar y echar a andar toda la maquinaria hasta el hoy que está en la internacionalización, así lo haré ahora; no voy a perder a C; si tengo que luchar contra mi amigo, lo haré; es atractivo y es el tipo que le gusta a las mujeres por lo bohemio, resuelto, con mundo y libros leídos y escritos, que sí sabe de la naturaleza humana y tiene dinero, pero no estoy alejado de la mano de dios, y no soy el bohemio que gusta del trago y el canto, los viajes y tener la broma siempre; no es lo mío, pero soy resuelto, tengo cosas que ofrecer y ella me buscó, desesperada, pero lo hizo, y no le soltaré en el abismo; le acompañaré y saldremos de ésta y de tantas otras

Al día siguiente con su mejor traje se presentó ante C en la clínica, la saludó y luego a la señora que, con la discreción debida, salió; una bonita bata cubría a C que no dejaba de ser bella, al contrario, su genio se ensalzaba; bella entre las bellas. ¿Cómo estás, cómo te sientes?, “apenada”, le dijo, “son muchas las molestias y todo por una histeria, aquel instante de perder el control. Es una vergüenza. No sé cómo puedo mirarte a los ojos. De verdad, me siendo mal, pero también agradecida, acudiste, dejaste todo, fuiste, tenías al doctor, la clínica, mi mamá, lo necesario y en un segundo. De verdad muchas gracias; te lo agradezco”; nada, fue el equipo, todos supieron qué hacer; mi secretaria sabía la dirección de tu oficina, la que mantenías en secreto para mí, y el doctor atento, eficiente.

Caminó un poco, le volvió a ver, dos pasos, y antes de hablar, como no queriendo saber su reacción corporal ante lo que iba a preguntar, volvió a dar la espalda y soltó: Así que estás agradecida, y la respuesta inmediata, “sí, mucho”. “Él siguió de espaldas, quiso asimilar lo que oía, encontrar lo positivo, pero era evidente que el agradecimiento no le dejaba satisfecho, pero no dijo nada; lo tomó, y por más que quiso restarle importancia, C, inteligente como es, lo captó y se acercó, lo abrazó y con suavidad le subrayó: “te amo” y lo besó; él respondió, fundiéndose en sus palabras, haciéndolas de él, como el gran oasis, el paraíso sobre la tierra, las palabras más hermosas que escucharía nunca: la estrechó con más fuerza, Eres lo mejor que me ha pasado. En estos instantes, aquí, a tu lado, siento que todo lo que me pasó, todo lo malo, con tu mirada, tus palabras, tu presencia, tu amor, están pagados con creces. Me apena ser cursi; me gustaría ser todo un bromista, con mundo, pero no, “y no quiero que seas de otra manera; te amo así; si fueras de otra manera, no te amaría así. Quizá si como un hermano, como un amigo, pero no como al hombre que siempre tuve dibujado en mí, y no quiero a nadie que no seas tú. Sí, estoy agradecida y mucho por tus atenciones, pero, sobre todo, por estar aquí, cuando más te necesito y por todo el amor que eres capaz de irradiar, tanto que me atrajiste de tal manera que no sabría explicar mi vida sin ti. Y tú te quejabas de que lo cursi te llegaba. Veme a mí. No me interesa parecer cursi si con ello te puedo explicar lo tanto que siento por ti. Te amo como no sabía que se podría; cuando creo que llegó el límite del amor, hay algo más enseguida; quiero que lo sepas. En mí no hay dudas”.

¿Te quieres convencer?. “¡Por favor!”, dijo ella con firmeza. “Desde que te vi lo supe”.

En ese momento entró el doctor con resultados de análisis, y con él, la mamá de C. El médico indicó que, a falta de tres pruebas más, las cosas iban bien, tanto que propuso que si quería irse a su casa después de la toma de muestras, por la tarde, podría irse a su casa, a condición de que no fuera a trabajar el resto de la semana, lo que puso feliz a C y a su mamá, pero S preguntó si no sería conveniente esperar un día más, y el galeno dijo que la “enviaré con una enfermera que no se despegaría de ella y con la que tendría contacto todo el día y la noche, y los relevos, hasta el lunes, tendrían estas instrucciones. El domingo le visitaré para darla de alta y que el lunes se presente al trabajo, señorita”.

S le pidió que no hubiera precipitaciones y a ella le subrayó que no tenía necesidad, que dejara las cosas como están y que regresara a su empresa, pero que antes se fuera, con su mamá, a un crucero unos 15 días, pero ella atajó, “quedamos que tengo que resolver los pendientes y después estaré lista para retornar a tu empresa”; nuestra empresa, le recalcó él, y ella asintió con la cabeza, “que así sea”, apretándole la mano; será; lo digo.

S se despidió para ir al trabajo, y regresaría por la tarde noche para llevar a C y a su mamá a casa, y en el camino giró instrucciones, no sólo para su oficina, sino para la tarea de C, para que todo salga conforme a lo planeado y que ella no tenga nada qué atender ni preocuparse que su salud, después de esta crisis altamente reveladora para él.

Ahora estaba cómodo, era el que tomaba las decisiones, pero sabía que la lucha no se tenía ganada ni mucho menos; pero lo importante es que estaba con ella, lo llamó y dejó que la atendiera, no alguien más, por lo que, si la perdía, él tendría responsabilidad, por lo que se le brindaría, estaría al pendiente, sería más alegre, bromista, y recuperaría el escribir; tenía facilidad, era cuestión de retornar a la pluma y el papel, y quizá hasta se podría escribir profesionalmente; lo que fuera, pero no se dejaría ganar la batalla, para él, ciertamente la última, en ella se le iría la vida, y quería vivir muchos años, pero no solo, ahora no, ahora que había encontrado a C, que sabía del amor, no resistiría quedar solo, eso jamás, así que a labrar el futuro, y si su amigo se interpusiera, igual libraría la lucha, y, al final, ganaré, no por la vanidad del triunfo, sino por la vida misma, porque el amor se brinda poco, y ahora que está ahí, nada le impediría ir por el sendero que lleva a la felicidad, casi siempre estrecho, cuesta arriba; para gigantes, porque así es el amor, se da sólo para los grandes; los carentes de espíritu no tienen derecho a él, no se les da, no les es propio; para ellos, los sustitutos, los fantasmas, no lo auténtico, la gloria de ser el elegido, el que ama y es amado, el que logra cerrar el círculo del sentimiento excelso, el que no se otorga, el que no pide, no exige, atrae, el que llega y se conquista todos los días de la existencia, el que le es al soñador, al que cruza fronteras, el que se entrega y no se arredra ante la fuerza de los vientos virulentos, ni ante el fuego, ni la lluvia severa; es él contra el o lo que sea, es frente a todo lo humano y lo natural, es su vida en el vivir

C, de su lado, después de las muestras de laboratorio, fingió dormir para tener tiempo de pensar sobre la situación, lo tanto que el escritor le impactó y la hizo trastabillar, sobre todo porque no sentía a S del todo sólido, las dudas existían, y ahora ella se veía en este escenario en el que ella tenía más dudas, con una ventaja, él, S, tomó el timón y ahora se le sentía firme, fuerte, capaz de sortear las tempestades en la mitad de los sentimientos, y eso le hacía sentirse segura, como si el acomodo fuera dándose suave, en el delicado día consagrado a las almas que se buscaron y se encontraron para fundirse, pero faltaba el recorrido que ahora tenía la alternancia de la serenidad, si no era uno, era el otro, y así se sostenían, y eso le animó a ella, por lo que, en este pensamiento se fue quedando en el sueño y su mamá la cobijó y le dio el beso especial en la frente, el de la confianza, de la bendición, de comunicarse y donde se le dice que esté tranquila, que existen unos brazos que no le dejarán caerse, que le van a cobijar siempre,  a guardar un sitio único.

Por la tarde llegó S para llevarles a su casa; si por él fuera, sería a la suya, y lo propuso, pero no hubo más que un “le discutimos en otra ocasión, ¿te parece?”, y nada que decir.

Al día siguiente, en casa, la llamada del escritor; era la última que hubiera querido recibir en esos momentos, pero habría que tomarla y salir adelante cuanto antes; era una profesional y había que terminar el evento, y cuanto antes sería mejor, aunque llevará, al menos, cuatro meses, dado que le pidió cuatro encuentros, uno por mes, y en el telefonema esperaba la propuesta para el primer desayuno, pero no fue así, y no por una casualidad, su cliente todo lo hacía con teodolito, nada dejaba al garete ni al acaso, tenía una razón de ser y así se debía ver, pero ella se sentía atraída, más de la cuenta, y el que no le pidiera verle, le asentó como si fuera la indiferencia personificada, lo que le pudo a C, quien hubiera querido que le tratara con su amplia amabilidad, pero no fue así, se le escuchó distante, cuando que, en realidad, era preciso, lo que necesitaba lo indicó y se puso fin a la conversación, tiempo suficiente para dejar en ella el dardo de la ansiedad.

  • Señorita, ¿le parece bien que el lunes me envíe la documentación que debo firmar para que lo revise mi abogado y cuanto antes se salde el tema y le entregue el material”.
  • Sí señor, con gusto, que yo misma se los llevaré a las nueve de la mañana.
  • No señorita, envíemela con un propio; estaré ocupado. Muchas gracias. El lunes.

    No hubo ninguna palabra más, la conversación se cortó de tajo, sin emoción alguna. Hasta hubiera preferido que hubiera molestia del otro lado de la línea para tener ese pretexto que necesitaba para verle, pero, no nada, fue la indiferencia la que le llamó.

    Si el objetivo de él fue generar ansiedad en C, lo había logrado; había sido un elegir no sólo las palabras, sino el tono y el ritmo; era un experto, un amplio conocedor de la psicología de las personas; por eso era tan buen escritor, sabía entender lo que podían dar las frases, su efecto, su destino, lo que dejaban en el interlocutor, y ella jamás se había enfrentado a una situación, siquiera, similar, y se sentía en plena desventaja; por eso le había ganado la ansiedad, y le había dejado al borde del abismo; se sentía atraída; no tenía sentido negárselo, aunque no lo reconocería abiertamente, pero sí, le seducía no sólo lo que decía, sino hasta su silencio, sus movimientos y su estadía en el tiempo y el espacio, su quietud única; era atraída por él y hasta por su sombra, y jamás se le había dado una situación similar; ese despertar la pasión, el arrebato, la entrega incondicional, el juego hacia lo desconocido, hacia la luz plena aunque sólo fuera un destello, pero tan inmenso que ese segundo duraría para siempre; entendía que después de ello, la soledad o su ausencia presente siempre, es decir; él no estaría después, su naturaleza libertina así lo dibuja, y en ella se quedaría ese momento por siempre; la tormenta; lo sabía, pero también entendía que era bien difícil evitarlo, pero, ¿entonces, dónde queda S?, ¿qué es, en realidad, en su vida?; ¿será tan sólo la paz del hogar, la seguridad y toda la tranquilidad de que se puede ser capaz?; ¿acaso la monotonía?, ¿habría que elegir?.

    También sabía ella de los cuatro desayunos, comidas o cenas que no se podrían eludir, y se sentía ínfima, ¿cómo iba a resistirse?. Sabía que él le pretendía, no era necesario que se lo dijera, era evidente, y sabía también que él no le pediría nada nunca, que se iba a dar en encuentro emocional y en el que se fundirían, y ello lo deseaba. “Maldito él, maldita yo, maldito el mundo, ¿por qué tiene que ser así la vida?, ¿por qué S no es más pasión y decisión, más espontáneo?. Siempre deja la idea de que todo debe estar en el diseño, en el plan y deja poco al quizá. Es empresario, no un bohemio; es previsible”, se decía, y se sentía mal, un remordimiento atroz se apoderaba de ella, y no se atrevía, al menos no ahora, a decidir entre estas opciones, y se sentía culpable. Sin haberlo, había engaño, por lo menos con el pensamiento, y pronto sería en los hechos, y tan segura que estaba de ello que hasta se decía que quizá ella sea la que tome la iniciativa para que se diera el encuentro; era la luz y ella la mariposa, iría a él hasta por inercia, y se sentía peor, pero no lo podía eludir, estaría por encima de sus fuerzas; era inevitable, y es que si la pasión interviene, la razón se olvida, no tiene cabida, su estorbo se elude fácilmente

    Confesión para sí, la confesión de que se encontraba en el borde del abismo; quizá en el abismo mismo, sin escapatoria, pero, entonces, ¿qué?, ¿dejaría a S?, ¿se lo diría?, ¿no iría a las citas?. Lo último imposible, ¿pero por qué imposible?. ¿Estaba entre dos amores?. Era honesto. “¡Qué camino tan difícil es el que lleva a la felicidad!”, se lo decía, y ahora ya no pediría la presencia de él. Ya no. Es más, preferiría no verlo, al menos estos días para poner en orden sus pensamientos, pero ¿dónde estaba el orden?.

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