16 febrero, 2026

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¿VOLVERÁN LAS ORDALÍAS, LOS JUICIOS DE DIOS?

Por ALEJANDRO CÁRDENAS SAN ANTONIO / MASEUAL

Cuernavaca, Morelos, México, 9 de septiembre de 2025.- Las ordalías, conocidas como “juicios de Dios”, eran métodos judiciales usados entre los siglos IX y XIII en Europa para determinar la culpabilidad o inocencia mediante pruebas físicas que se asumían como un veredicto divino.

No las practicaba exclusivamente la Inquisición; también autoridades seculares, es decir; gobernantes civiles o poderes mundanos y, -esto viene a cuento-, porque en este siglo XXI, es oficial el ritual místico y el acto esotérico de purificación, invocando espíritus garantes y protectores en las instancias encargadas de administrar la Ley.

Las ordalías eran aplicadas por jueces locales, líderes tribales o clérigos, dependiendo del contexto y se utilizaban para resolver disputas legales cuando no había pruebas suficientes; hoy, se diría expedientes incompletos y mal integrados.

Según la historia, había algo llamado “ordalía del fuego”, donde el acusado sostenía un hierro candente o metía la mano en aceite hirviendo y la rápida curación indicaba inocencia o la “ordalía del agua”, donde flotar implicaba culpabilidad; y esto, se acabó en 1215, luego del Concilio de Letrán, un concilio ecuménico sobre la justicia medieval donde el Papa Inocencio III prohibió la participación del clero en las ordalías y a partir de ese momento, se promueven sistemas judiciales más racionales, basados en evidencia y procedimientos legales y hoy, hasta científicos.

En nuestro mundo moderno, caracterizado por la inmediatez de la comunicación, las redes sociales, la inteligencia artificial IA, viajes espaciales y el Telescopio James Webb, el imaginar un escenario hipotético donde se reimplanten las ordalías como un sistema de justicia, resulta fascinante y perturbador.

En este escenario hipotético, -sin ponerle nombre- un país revive los “juicios de Dios”, adaptándolos al contexto tecnológico del siglo XXI ¿Cómo funcionaría este sistema en nuestra era globalizada y cuáles serían sus consecuencias y beneficios? De entrada, las ordalías modernas podrían integrar tecnología para darles un barniz de sofisticación y digámoslo así:

Una IA podría analizar reacciones biométricas -frecuencia cardíaca y micro expresiones- durante pruebas de estrés, interpretando los datos como “culpabilidad divina”. Las redes sociales amplificarían el espectáculo: los acusados enfrentarían pruebas transmitidas en tiempo real en plataformas como X, con la audiencia global votando sobre su inocencia según su desempeño y el Telescopio James Webb podría usarse para buscar “auspicios cósmicos” en eventos astronómicos, vinculando decisiones judiciales a fenómenos estelares.

En este mundo actual interconectado, el comercio global y la presión internacional, condicionarían estas prácticas, con empresas tecnológicas desarrollando sensores para “automatizar” las ordalías y midiendo “signos divinos” en el cuerpo del acusado.

Aunque, con las ordalías, se podrían resolver casos rápidamente, eso aliviaría sistemas judiciales saturados y por su carácter espectacular, generaría ingresos por transmisiones mediáticas, atrayendo patrocinadores en un mercado global.

De igual manera, en comunidades con fuertes creencias espirituales, a través de las ordalías, se podría reforzar la cohesión cultural. Aunque, bueno… no todo sería felicidad para los que tienen en sus manos la Ley, también habías consecuencias y serían graves.

Este sistema, inherentemente arbitrario, violaría principios como el debido proceso, la presunción de inocencia y la igualdad ante la Ley, consagrados en la Declaración Universal de Derechos Humanos.

La dependencia de tecnología introduciría sesgos algorítmicos, y las redes sociales convertirían la justicia en un circo mediático, sujeto a caprichos populares y la interpretación de datos astronómicos o biométricos como “voluntad divina”; las leyes carecerían de rigor científico y se perpetuarían las decisiones injustas.

Pasando al contexto global, las ordalías generarían rechazo internacional, sanciones económicas y el aislamiento diplomático, por contravenir tratados de derechos humanos.

Por otra parte, la confianza en las instituciones se desplomaría, y la inseguridad jurídica desincentivaría el comercio y la inversión extranjera y por su parte, las empresas tecnológicas, al desarrollar herramientas para estas prácticas, enfrentarían críticas éticas y boicots globales y es que la falta de racionalidad, exacerbaría conflictos sociales, especialmente en sociedades pluralistas con creencias diversas. Es decir, lugares donde se siga respetando la Democracia. 

En la hipótesis de reimplantar las ordalías en el siglo XXI -por dar seguimiento al protocolo oficial de llevar a cabo rituales místicos y actos esotéricos de purificación, invocando espíritus garantes y protectores en las instancias encargadas de administrar la Ley, eso sería un retroceso hacia prácticas arcaicas, demostrando que la tecnología, sin un marco ético y racional, podría ser su apoyo y amplificaría los errores del pasado en lugar de corregirlos.

Esta historia de las ordalías medievales y su hipotética reimplantación en el siglo XXI, nos recuerda la importancia de anclar la justicia en la razón y la evidencia y ponerla en las manos correctas de personas profesionales, con calidad moral y de intachable carrera, además con experiencia y esto, debería ser un principio esencial para un mundo globalizado y tecnológicamente avanzado como este siglo XXI donde un Telescopio espacial, el James Webb, ya se encuentra a un millón quinientos mil kilómetros de distancia, lo cual  nos confronta con la inmensidad del Universo y obliga a pensar, sobre nuestra propia pequeñez en él.

Ni en hipótesis ni de broma, volverán las ordalías, aunque, como actualmente todo lo surrealista e incongruente ya es normalidad, no extrañe ni sorprenda que esos “juicios de Dios”, puedan reimplantarse, ser novedosos, aparecer con variaciones y estar asistidos con parámetros algorítmicos e inteligencia artificial.

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