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Opinión

EL INSTINTO DE TAMBOR MAYOR

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Por JOSÉ LUIS FIGUEROA GONZÁLEZ / MASEUAL

El afán de supremacía como obstáculo para la justicia y el desarrollo social

 “Quisiera que alguien mencionara ese día

en que Martin Luther King Jr., trató de

entregar su vida al servicio de los demás”.

MARTIN LUTHER KING Jr.

 

Jojutla, Morelos, México, 12 de Abril del 2018.-Hace medio siglo –el 4 de febrero de 1968- el líder religioso y social por los derechos humanos y contra la discriminación racial, Martin Luther King Jr.(1929-1968), pronunció un discurso conocido como “El instinto de tambor mayor”; se trata de una disertación sobre el afán de supremacía y sus efectos de violencia y destrucción de la convivencia entre grupos e individuos. Es una denuncia que sigue siendo válida porque explica las razones por las que no podemos entendernos ni concentrarnos en la construcción de un mundo en el que todos tengamos derecho a encontrar el modo de ser felices. Luther King Jr. utilizó la metáfora del tambor mayor, es decir el papel del tambor principal en la banda de guerra, el que marca el paso que deben seguir los demás, para nombrar a la tendencia humana de estar al frente y por encima de los otros sin importar el costo de tal impulso ni las consecuencias para los sometidos y opresores. La deshumanización que representa este “instinto” se muestra como normal derivación del empeño de los sujetos, de su plan de existencia, de su ambición personal por triunfar en la vida, variaciones justificadoras de lo injusto, de lo oscuro y tenebroso, de los extremos entre una vida plena y otra miserable. Hoy en día, no se llama “instinto de tambor mayor” pero sí tenemos eufemismos como “éxito personal”, “ambición por ser alguien en la vida”, “emprendedor exitoso” y otras; es la filosofía del desarrollo personal entendido desde la lógica del mercadeo y del aprovechamiento económico de todo lo aprovechable sin importar las consecuencias. Este pensamiento se ha convertido en la pista por donde deben correr todas las actividades humanas, incluyendo la educación de todas las personas.

 

La diferencia entre los luchadores sociales que siguieron a Luther King y una inmensa mayoría de resignados seguidores del modelo económico y social dominante hoy en día, es que aquellos dudaron de lo establecido mientras los otros han comprado la idea de que la felicidad consiste en dominar a los demás. En el colmo de la tergiversación de las cosas, el discurso del insigne pastor –del que tenemos mucho que aprender todavía- ha sido utilizado para anunciar una marca de camionetas sacando de contexto sus palabras siendo que “El instinto del tambor” critica el engaño de la publicidad. En este caos del mundo patas arriba ser tambor mayor para imponerse y lograr ambiciones personales es un honor, la distinción de un personaje que sabe “salir adelante” para lograr sus metas. En esencia, estamos enfermos del instinto personalista de supremacía y eso nos nubla la mente para poder darnos cuenta de la destrucción de sí mismos a la que le estamos apostando. Vale entonces releer el discurso de Luther King y percatarse de la parte final en la que apunta que quiere ser recordado como “tambor mayor de la justicia”; una premonición sobre la acechante muerte que le ocasionaría dos meses después un fanático. Cuestión de corregir el enfoque para sustituir la imagen distorsionada de tambor mayor como supremacía a la idea de liderazgo para lograr lo justo, lo conveniente, lo benéfico para todos.

 

Es oportuno el recordatorio de Luther King para considerar las ilusiones, mito y posibilidades de la idea de tambor mayor. La referencia original buscaba la reconsideración de la política de segregación racial aplicada por los blancos en contra de la población negra en Estados Unidos en los años del medio siglo XX; sin embargo, en la actualidad y en todos los ámbitos, hemos visto crecer el instinto de supremacía desde el nivel macro hasta lo micro social. El espíritu de los liderazgos se orienta a la clasificación social, de modo que eres tambor mayor o simple seguidor; sin corresponder a la realidad se supone que todos tenemos la oportunidad de ser líderes pero es cosa imposible para un sistema que se alimenta de clientes, fans, trabajadores asalariados o membrecía de cualquier tipo. Por eso la carrera es para ocupar un lugar al frente saltando obstáculos como sea y sobre quien sea. Estos valores entendidos consideran o dejan de considerar cuestiones que mitifican el deseo de estar arriba. Es un señuelo que sirve para hacer caminar a los segundones y a los de más atrás a sabiendas de que la mayoría quedará en cualquiera de las estaciones sirviendo al de más arriba; para los que alcanzan alguna posición privilegiada se vuelve una adicción que no conoce límites aun a costa de quedarse encadenado a cuidar la posición alcanzada. El ser supremacista se llena de vanidad y arrogancia, pero en cambio se vacía de contenido sobre el sentido de la vida y en muchos casos sólo le quedan la soledad y la vulnerabilidad de perder posiciones y posesiones.

 

Una clave para ser tambor mayor consiste en la capacidad de confundir a los otros y hacerlos entrar al aro que se les ponga enfrente para que sirvan a los intereses del líder. En política se suele jugar con la ambigüedad para revolver intereses personales de supremacía con disposición al servicio público. En tiempos de campaña los discursos son extremadamente opuestos a la realidad del ejercicio de gobierno; abundan las promesas y el facilismo para resolverlo todo, el mundo se pinta rosa y candidatas/candidatos son exageradamente amables, tiernos con los niños, galantes con las mujeres, caballeros con los hombres e implacables con los malvados; ya se sabe que eso solamente lo ofrecía Kalimán el hombre increíble, pero nos hacen soñar en que los súper héroes están con nosotros. Jarabe de pico, juego de ilusiones, todo con tal de obtener la calidad de tambor mayor, una situación envidiable por los ingresos y privilegios que supone. En estos casos la noción de servicio público es argumento de encantamiento, una breve borrachera de la que se despierta pronto al reconocer que la función pública está en retroceso porque predomina el interés privado. Todavía habrá quienes exijan el cumplimiento de promesas de campaña y entonces el tambor mayor sonreirá y dirá que sí sin precisar cuándo, consultará con los verdaderos dueños del poder y les solicitará que lo dejen hacer “alguito” por los confiados electores siquiera para taparle el ojo al macho. Se mandarán sonar bombos y platillos cuando se pavimenten unos metros de calle, se anunciarán programas atractivos que nunca se llevarán a cabo, se intentarán golpecitos de timón, todo sin tocar la esencia del modelo dominante. Es la lucha del poder por el poder que no requiere ser conocedor del escenario que se pretende administrar y transformar, que admite la colocación de amigos antes que la constitución de equipos de trabajo serios y capaces; es la degradación del servicio público por someterse a los propósitos de individuos y grupos en pugna por su instinto de tambor mayor.

 

En este sentido el servicio público es nada más un pretexto para incrustarse en la nómina oficial como quien se ofrece a servir en cualquier empresa particular. Lo importante es hacer carrera, ser tambor mayor a como dé lugar o al menos vivir a la sombra de un tambor mayor de verdad. Claro que la influencia determinante viene del nivel macro social que es dónde se dictan las reglas de los grandes tamborileros; se trata de una escuela que justifica los medios y elimina los inconvenientes morales o éticos que de aplicarse dejan a los políticos en la mediocridad de político pobre y pobre político según lo dijo un maestro de estas andanzas. Podemos ser ingenuos y esperar que nuestros mejores candidatos reconozcan la necesidad del cambio y se conviertan en tambores mayores de la justicia y del desarrollo de la sociedad, pero sería mejor marcar los límites para una función pública al menos con decoro, honestidad y apego a la ley. Marcar los límites significa promover la participación propia y la de los demás conciudadanos en la vigilancia de la administración y en la construcción de alternativas a los desajustes que sean detectados. Lo principal sería reenfocar las acciones cotidianas a partir de la reformulación de un pensamiento basado en el bienestar social y en el cuestionamiento al sistema de ir detrás de tamborcitos que se creen mayores. No necesitamos tambores mayores con fines particulares como sí necesitamos un mayor instinto por ir al frente de la mesura, la austeridad que nos permita atajar crisis, alentar el desarrollo de las personas para un desempeño autónomo, manos y mentes para construir el futuro posible donde ya concluya el beneficio de pocos a costilla de los otros.

 

El carácter superlativo de la individualidad es el dios que gobierna al sistema de supremacías. Se nos educa para competir y estar encima de los demás, se estimula el acoso al diferente y se le niega el derecho a encontrar su felicidad, las premisas de mercado son dogmas y lo alternativo queda a la cola sin posibilidades de sobrevivir por mucho tiempo; así el ámbito educativo y social son la mejor escuela para la reproducción social. El servicio social se ha diluido en una postal del pasado porque la disposición a compartir acciones en el trabajo comunal huele a sospecha de arcaísmos. Es casi una locura pretender ser recordado por el servicio no remunerado a la comunidad; motivo de burla es aquel que no se mueve en el mundo de los negocios, todos compradores, todos vendedores, no hay más. Caminamos por un terreno empantanado por más que nos quieran convencer de que la ruta es llana y directa. Para estos momentos se hace necesario un bálsamo de pensamiento como el de Martin Luther Kig Jr., de modo que nos vuelva el alma al cuerpo y podamos volver a sentirnos capaces de encabezar algo más que el afán de supremacía.

 

La esperanza de reformulación y reestructuración de pensamientos se podría dirigir hacia las instituciones de educación superior por el alto nivel de comprensión del mundo que ahí se desarrolla. La ciencia y la técnica al servicio de la humanidad debería ser la consigna que identificara a universidades e institutos de máximo nivel; pero qué pena, porque también ahí se ha colado el afán supremacista. Sin generalizar y con todos los matices a considerar pero la presión para que estas instituciones sirvan a los requerimientos de corporaciones es de tal magnitud que planes, programas, autoridades, docentes y alumnos ya se perfilan muy bien en la filosofía del instinto de tambor mayor. Desde las prácticas escolares se hace saber quién es quién, como aquel académico que no responde o lo hace mal si alguien no le antepone sus títulos antes de nombrarlo, el directivo arrogante que establece mecanismos para que su supremacía no quede en duda, la categorización y el acoso entre estudiantes, el incumplimiento de responsabilidades gracias a los padrinazgos, el sistema de titulación plagado de irregularidades toleradas según se pertenezca o no al grupo académico dominante. En fin, la esperanza se desvanece por momentos, pero vuelve a recaer en el sistema educativo porque no hay de otra. El liderazgo del sistema académico también requiere una sacudida de los antivalores impuestos por el neoliberalismo y las ansiedades de la producción global. Aprender a observarse a sí mismas, a criticarse de manera reconstructiva, pueden ser elementos para sustituir a los tambores mayores de la arrogancia y la carreras de éxito personal que se notan en universidades e institutos superiores.

 

El instinto de tambor mayor como modelo de vida es revisable y corregible en su aspecto de supremacía de unos sobre otros. Por supuesto que se requieren liderazgos pero en el sentido de tambor mayor de justicia y valores para contrarrestar las crisis que padecemos. Los círculos viciosos por pretender el dominio repiten y repiten la historia de las segregaciones, injusticias y abusos de poder. Es elemental ponerle ya un hasta aquí al afán de imponerse a quien sea y como sea para lograr fines de interés particular. Sean los políticos, los académicos, cualquier servidor público, los docentes, todos estamos obligados a recapacitar acerca de la función social de la actividad en la que nos desempeñamos. No es que lo colectivo se imponga y anule al individuo, la tarea es encontrar la fórmula que medie la realización personal y el desarrollo de cada comunidad. El instinto de tambor mayor tiene que ser reconfigurado para compensar el desequilibrio que viene ocasionando la priorización del interés personal. Se vuelve de urgente necesidad detectar y denunciar la perversión social derivada del instinto de tambor mayor por la supremacía. Para caminar hacia un liderazgo o inspiración al estilo de Luther King es importante estudiar en las escuelas la vida y obra de la gente generosa y congruente con sus anhelos de libertad y justicia. La emulación puede irse practicando desde niños para llegar a una actitud renovada ante los problemas que aquejan a todos. Los seguidores de supremacistas deben darse la oportunidad de ampliar sus miras y comprender a tiempo ño fatuo y frívolo del acto de dominio, del ejercicio de poder por el poder.

 

Solamente la formación para el desempeño autónomo nos hará verdaderamente libres y el sentido de la vida será un resplandor que ilumine nuestros senderos. Cuando los maestros hagamos suficiente ruido con el tambor mayor de lo justo, del bienestar común, del compromiso con el desarrollo integral de los alumnos, cuando los padres de familia sonoricemos el ambiente con el ejemplo de la solidaridad y el compromiso de ser faros de orientación para los hijos, cuando la cultura y el arte sean alimento cotidiano de todos los ciudadanos estaremos en condiciones de soñar y realizar el mundo nuevo que nos merecemos. Para entonces a los supremacistas no les quedará otra cosa que reconocer la fragilidad del dominio que intentaron y participarán del banquete de los semejantes.

 

JOSÉ LUIS FIGUEROA GONZÁLEZ

11 ABRIL 2018.

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