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Columna

POR LA LIBRE 2124

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Por IGNACIO CORTÉS MORALES / MASEUAL

 

1.- Es tan sólo un anhelo

 
Cuernavaca, Morelos, México, 12 de agosto de 2019.-  Ver pasar la tarde sin un caminar trazado, simplemente dejarse ir; pararse en algún lado, ver los aparadores sin ningún interés, sin encontrar porque nada se busca; detenerse para tomar una copa en un lugar como pudo ser el otro, era igual, porque dondequiera se van a acentuar las ausencias, los días frustrantes sin tregua, de citas incumplidas o de las que se cumplieron en la inutilidad o de la que se acordó A de última hora o le acordaron, que de sí ni al caso; eso dejó inexplicable huella.

Llegada intempestiva, sin saber qué ver ni qué decir; llegar pero con la intención de dar fin tan pronto como se pueda; fingir el interés inexistente, tanto que se lamenta recordar que se tenía el encuentro; él lo supo de siempre; las frases truncas se complementaron con el hastío; no había razón para seguir.

Pero, ¿en que se basaba él para entusiasmarse?; absurdo que se es; nunca existió, acaso, un resquicio; nada había para ser esa cita distinta.

La falta de relación fuera de lo que es cotidiano pudo alentar lo imposible, y ahora qué; ahora nada; fulminar el embrión es lo conducente; el amor sin esperanza se muere; la unilateridad lo había alentado; sólo eso; ninguna explicación se puede pedir al error.

Con el vaso en la mano se decía la tontería, sin embargo, para sí, en su interior, acaso no era tan malo; era un sentimiento propio y ahí se quedaba y se quedaría; ¿a quién se le iba a perjudicar?; A seguía su vida, no se le inquietaba, no se le decía, no se le hablaba, no se daba el encuentro, no se le buscaba, y él en su sendero, pero ahora no está solo, vive en su sentimiento su intimidad, y no hace planes ni se alienta; está en sí y no comparte el instante aquel en el que soñó con que a ella igual le hubiera apurado la llegada de ese día, pero hasta se había olvidado, y el punto nunca se tocaría; es más, nunca volvería a darse la cita, era inútil y no se tenía un pretexto; todo se acabó sin iniciar.

Era acaso el olvido sin haber recuerdo, un fin sin ningún punto de partida; ni siquiera el vacío; nada es nada, ni siquiera oscuridad, sino nada; ni siquiera necedad, ni un rechazo; era la nada.

Pero en él, la llegada de ella le había dejado su mirada, su voz, sus palabras, y aunque no había nada de personal, ahí se quedó, y en el recuerdo de ese instante.

Con el vaso entre sus manos, un íntimo placer se recreaba, sin erotismo ni anhelo, era el placer de sentir la presencia de alguien sin tenerla ni ahora ni nunca, pero estaba dentro, profunda, para sí, y a nadie se le hacía daño, se justificaba él, al tiempo que cerraba los ojos y bebía tan sólo el toque de los labios, porque sorbo apasionado no tenía sentido sin el recuerdo de el beso, también apasionado que no vendría jamás; era sólo el tocar con los labios el borde del vaso, el mojarse los labios, apenas sentir la bebida, como apenas haberse cruzado ambos senderos, uno que se quedó emocionado y el otro que no ha vuelto a acordarse del hecho

El sentimiento era suyo, él lo tenía; no importa si A pensaba en cualquier cosa menos en él, que nunca fue prioridad; fue el absurdo, fue quizá como sucede con los suicidas que en el instante de ejecutarse quizá ya se estaba en el arrepentimiento; así debió ser la cita, y el aceptarla, más, pero a él si le produjo placer, y cuando tuvo su mano, cuando le había tomado, vino el loco pensamiento de “vamos juntos a caminar”, como si el tiempo se pudiera manejar al antojo y se estuviera en la adolescencia y, entonces, con sólo algunos pesos en la bolsa se recorrían las calles, las más solitarias si era posible, y detenerse de pronto, y verse, y acariciar el rostro; atraerse poco a poco, en cámara lenta, con pausa; cerrar los ojos y besarse en el tierno vivir de un instante que se quería que fuera para siempre, y estrecharse y fundirse los dos de tal manera que si se fuera uno, se creería, y sentir ese calor que sube hasta perder la noción de sí, y separarse también en tiempo detenido, y, al final del día, el adiós detrás de la reja de su casa, con una sonrisa prometedora de otros días que están por venir, y regresar y ella abrir la puerta y salir un momento y un beso de prisa; “ya, ya vete; va a salir mi mamá”, dice, y él responde: “no se lo has dicho”; “sí, pero me dijo que con cuidado, que se lo contará en su tiempo a mi papá”, y otro beso igual de veloz, y a caminar, irse por la calle, “la calle donde vives mi bella dama”.

Aquí no hay calle, ni caminar, ni toque de manos, menos el beso, ni la respiración que se entrecorta, no hay ella y él, tan distante, pero el sentimiento tan propio, tan de él, le llena, pero no hay comunicación.

A ni siquiera lo sabe ni lo sabrá, es el paraíso de él; decirlo transformaría el paraíso de uno en infierno de dos, y mientras sigue con el vaso entre sus manos, se exalta el recuerdo, le llena, y se deja la promesa de no cortar lo que siente; será de él y lo dejará crecer hasta el infinito; será su destino, su vuelo feliz, y si la ve, será la casualidad; nada de búsquedas para encuentros propicios, será nada, será un sentimiento tan propio que le dé la ventura de vivir tanto como sea posible; mucho porque está pleno

¿Qué de malo hay en eso, vida?; ¿es el amor?; no lo sabe, es suyo y lo atesora, y le quita de su soledad, le lleva a ella que no estará, aunque es tan fuerte el recuerdo que sí aparece y dice lo que él quiere que diga, y sí le toma sus manos y los brazos y la va bebiendo y allegando hasta ser de sí, con la ternura de quien no tiene edad, porque es el sentimiento el que la ha anulado, y se revive la vida, se recrea, se le dan años a la vida; es la vida la que salta y le dice que se ha fortalecido con el sueño que se ha recreado.

Él le llevó para sí, le allegó la luz y le vistió de telas transparentes para dibujarle y para acentuar su belleza, y ya en sí, le idolatra aunque apenas le toca, le llena de respeto; no le toma, es una imagen, una diosa, una virgen, un sueño y la hermosura de una mujer tan especial que no quiere ni hablarle porque el más brillante parloteo es poco para ella, y se le guarece de todo para que nada le toque, ni la brisa siquiera, ni el sol que es poco para ella; A, quien es una silueta, un fuego, una centella, es plegaria y es emoción.

Para él, ella es él, aunque ella no sepa del cariño ni nada de él, pero él se le entrega por los días y en las noches le cobija; en su ir y su venir ella está con él, aunque de ella sabe tan poco y no quiere averiguar nada; lo que se sepa será vulgar, serán cosas y ella es mucho más que el mundo, es el universo con sus amaneceres y ocasos, con sus alfas y sus omegas, sus infinitos y eternos, es la filosofía, es el amor, es un ente que está en todas partes, es de él en su soledad, la que no se esfuma porque con su recuerdo todo se llena, todo se ilumina, se da a manos llenas, es la imagen de la divina presencia, en la que hasta los ateos sucumben; es el corazón que ama y las manos que tocan, la piel que siente todo lo que a su paso da, es el poema de una palabra, y también la razón, es lo humano y lo divino, es la conjunción de todo lo que existió, existe y existirá, y él no le dejará ir aunque sólo sea un recuerdo, una cita de hastío, absurda, sin sentido, molesta, pero para él, A se quedó por completo ese día hasta ser su razón y sinrazón, su locura, su sentir y su pasión, su imagen de siempre.

Ella, A, es el amor que aunque es de uno, se multiplica en sí y se esparce hasta no dejar ni un rincón de él por tocar, llenar y llevar a la vida. Ella, insiste él, “es el amor”.

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