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Columna

POR LA LIBRE 2447

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Por IGNACIO CORTÉS MORALES / MASEUAL
5.- Es un amor que es único
Cuernavaca, Morelos, México, 5 de julio de 2020.-  Ernesto no pudo, no supo reaccionar ante el “sí… sí acepto” de Alexandra; así, tan de pronto, a la salida del auto que, cuando tomó conciencia, la chica llevaba unos metros. Le llamó, le volvió a llamar elevando un poco la voz, tanto que a la joven no le quedó más que volverse, y con el dedo pedirle que guardara silencio, con una amplia sonrisa.
Es ella la felicidad; el camina… primero despacio… un paso, otro… dos más… y corre a Alexandra, quien le espera. Un cuerpo los separa. No se mueven, se ven, se miran, se contemplan… embelesados. El tiempo abre un compás de espera. ¿Se detiene?.
Poco a poco lleva su mano a Alexandra, quien pasa saliva, la respiración se entrecorta, los latidos se aceleran. Una mano y luego la otra van a las de la enmudecida joven; los dedos se entrelazan; la atrae con suavidad; se deja llevar, lo admira con un amor nunca experimentado a sus escasos años de vida. La atrae más; centímetro a centímetro. La abraza; queda sólo el beso por llegar. Nadie precipita la escena; es de ellos; se dejan ser.
Un instante apenas, una nada falta; los ojos se cierran, se abrazan; el encuentro está ahí para patentizar el “sí… sí acepto”.
“Buenas noches, Alexandra… joven”, saluda doña Esperanza que va llegando a su casa, tan inoportuna que más no puede ser. Ella les vuelve a la realidad; responde “buenas noches, señora”; Ernesto la secunda. El encanto se rompió, el beso quedó en el aire. Se retiran. El nerviosismo sacude. “Ya me voy, ya me voy”, y no da tiempo para más. Se queda viendo al amor y preguntándose “¿a qué sabrán tus labios, tus besos?”, hasta que otro buenas noches le sacan definitivamente de sus pensamientos para llevarlo a su auto.
Alexandra apresura el paso; le preocupa que doña Esperanza le viera con Ernesto; se lo dirá a su madre, vendrá el reclamo, pero ni eso le quitó la sonrisa ni el ánimo; era grande su felicidad; llegó a la casa como campanita, de un lado para el otro, saludando alegre, lo que no pasó inadvertido para su madre, “¿y a ti qué te pasa?. Tus amigas te dejaron de excelente humor, me alegro”. “lo más rápido que pudo llegó hasta su hermana, subieron, “se me declaró, se me declaró”; “y qué le dijiste?. No se te haya ocurrido aceptar enseguida”. “¡No!, cómo crees”. Su risa la traicionó. “¡Noo!”, exclamó Aleida; Alexandra: “¡Sííí, sí, sí, hermanita”. “¿No crees que se pueda aprovechar?”. “No creo, Ernesto no es de ésos”. “Alexandra, con cuidado. “¿y Fernando?”. “¡Mañana!”.
Frente al volante, sus manos quedaron impregnadas de Alexandra, las besa con suma ternura. “Alexandra, Alexandra mía, eres el amor”, y evocando a Puccini le llamó “fragancia de verbena”, hasta que unos jóvenes traviesos pasan y golpean el coche pensando que una pareja de enamorados pudiera estar en él; es sólo uno el enamorado, pero como si fueran dos por lo que él siente en ese instante “lo que nunca; gracias vida”.
Prende el coche y se aleja. Va fascinado. La radio al vuelo; “Tú iluminas mi vida” le ayuda, le es de sí en ese momento primero para él de esa altura. Es un desafinado sin causa, pero canta, al fin está solo. Al llegar a casa hasta el desorden le parece hermoso, pero reconoce y se dice, “pronto tendré que meterle mano a la casa, no sea que un día venga Alexandra y no verá más que caos, donde nada está en su lugar. Creo que ahora, en lugar de que la señora venga a hacer el aseo dos veces a la semana deberá venir tres y yo cooperaré, cuidaré las cosas para que estén en su lugar. Lo que hace el amor; ahora le haré al amo de casa”, y diciendo y haciendo; sus libros por delante, pero deja lo demás; hace hambre y piensa que “eso de contigo pan y cebolla no va conmigo, voy a comer; veré qué hay en el refrigerador”, y se prepara un emparedado, y luego otro y otro; tres.
Mañana no habrá ensayo, por lo que tendrá el día libre; va donde las botellas, prepara un pintadito, prende el estéreo, primero despacio, pero a medida que llegan los tragos, el volumen se eleva. En la casa de al lado, “mamá, otra vez el vecino”; “sí hija, igual que siempre, apenas un trago y música a todo lo que da durante horas. Eso h

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