13 enero, 2026

PERIODISMO INDEPENDIENTE EN MORELOS

CUANDO EL PODER MORALIZA

  • * La trampa del “bien obligatorio”

Por ALEJANDRO CÁRDENAS SAN ANTONIO / MASEUAL

Cuernavaca, Morelos, México,   enero de 2026.- ¿Qué sucede cuando el poder aprende a gobernar en nombre del “bien del gobernado”, y lo hace de manera tan convincente que la resistencia se convierte en prueba de irresponsabilidad moral?

La pregunta no es retórica ni nueva, pero adquiere hoy una urgencia particular.

En múltiples latitudes, el lenguaje del poder ha mutado: ya no se presenta como mera autoridad ni como administrador de intereses contrapuestos, sino como tutor ético de la sociedad.

Históricamente, los mayores abusos del poder no se cometieron en nombre del mal, sino del bien. La diferencia contemporánea es la sofisticación del relato y su internalización social.

Gobernar, -se nos dice-, es cuidar.

Obedecer, -se repite- una forma de responsabilidad.

Y disentir, -hoy se machaca- un acto sospechoso.

Basta observar un poco el entorno global hiperconectado para reconocer enseguida el fenómeno y sus presuntas redenciones.

Esta transformación no implica necesariamente un régimen autoritario clásico. Al contrario: suele desplegarse en sistemas que conservan elecciones, parlamentos y retórica democrática. El cambio se produce en el plano simbólico. Las decisiones políticas dejan de justificarse como opciones debatibles y pasan a presentarse como imperativos morales.

No son “medidas”, sino “protecciones”; no generan costos, sino “sacrificios necesarios”; no admiten alternativas, porque toda alternativa sería, por definición, menos buena. El resultado es una inversión inquietante del vínculo entre poder y ciudadanía.

Tradicionalmente, el ciudadano vigilaba al Poder, lo cuestionaba, lo obligaba a rendir cuentas. En el nuevo esquema, el poder se arroga el rol de conciencia colectiva. Define qué es el bien, lo traduce en políticas y evalúa moralmente a quienes las acatan o las resisten.

El desacuerdo ya no es una divergencia política legítima, sino un fallo ético: egoísmo, ignorancia, negacionismo o insensibilidad social.

Este mecanismo tiene una eficacia notable porque apela a valores profundamente compartidos. ¿Quién podría oponerse al cuidado de la vida, la protección de los vulnerables o la defensa del futuro?

El problema no reside en los fines declarados, sino en la clausura del debate sobre los medios y los límites. Cuando el bien se convierte en argumento absoluto, deja de ser un horizonte que orienta la acción y pasa a ser un instrumento de disciplinamiento.

La resistencia, en ese contexto, se vuelve costosa. No solo en términos legales o sociales, sino simbólicos. Quien cuestiona una política “por el bien común” debe primero defenderse de la acusación de inmoralidad.

El debate público se desplaza: ya no se discute si una medida es eficaz, proporcional o justa, -sino que ahora-, primero se juzga a quien critica y se exhibe si quien lo hace, es una “buena persona”.

La política se psicologiza y se moraliza, y con ello pierde su carácter plural.

El poder no necesita imponer el silencio; basta con que la propia comunidad estigmatice la disidencia. Así, la autocensura reemplaza a la censura, y la obediencia se vive como virtud cívica.

Frente a este escenario, la defensa del disenso no implica negar la existencia de bienes comunes ni rechazar la responsabilidad colectiva. Implica, -más bien-, recordar que ningún poder posee un monopolio moral incontestable.

Que el bien, en una sociedad libre, no se decreta: se discute. Y que la posibilidad de resistir -sin ser reducido a villano- es una condición esencial de la ciudadanía adulta.

Cuando la resistencia se redefine como irresponsabilidad moral, no estamos ante una sociedad más justa, sino ante una más frágil. Porque ha renunciado a la pregunta incómoda que mantiene a raya al Poder: ¿y si el bien que se nos impone no es el único posible?

Hoy, atosiga la narrativa de que el desacuerdo ya no es una divergenca política legítima, sino un fallo ético.

…la trampa del “bien obligatorio”.

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