Por ALEJANDRO CÁRDENAS SAN ANTONIO / MASEUAL
Cuernavaca, Morelos, México, 30 de junio de 2026.- El eufemismo es el opio del lenguaje. Anestesia la realidad y, como toda droga potente, genera adicción. Más sencillo: es una mentira bonita bien perfumada.
El eufemismo, consiste en el uso de palabras o expresiones suaves, agradables o indirectas para referirse a algo que, dicho con crudeza, resultaría incómodo, doloroso, violento o inaceptable.
Es una forma elegante de edulcorar la verdad. En el ámbito político, el eufemismo se convierte en un instrumento refinado de poder. Sirve para mitigar crisis, desdibujar responsabilidades, refrescar brújulas perdidas y distorsionar la percepción de la realidad, especialmente entre los ciudadanos menos informados.
Su preparación es todo un arte: se mezcla labia, narrativa controlada y dosis precisas de distracción. Se cocina en cuarteles, oficinas de gobierno y redacciones afines, se adorna con desparpajo y se sirve tibio a través de medios tradicionales y plataformas digitales.
Una vez ingerido, impregna el ambiente, se propaga y termina siendo confundido con realidad.
Los más vulnerables —aquellos poco familiarizados con el seguimiento riguroso de la información— son los que terminan digiriendo una simulación de los hechos y aceptándola como verdad.
Con eufemismos es más fácil habitar la ilusión y sostener la otredad. Más claro: aquello que es grave, se presenta como tolerable, y lo intolerable, se vuelve discutible.
Cuando las consecuencias reales emergen y la confusión se instala, los artífices del eufemismo se felicitan. “¡Misión cumplida!”, celebran. El truco quedó implantado en la mente colectiva.
Van como ejemplo algunos clásicos de esta “tisana lingüística”:
• Servicio de Inteligencia → Espionaje.
• Punto de interés → Fosa clandestina.
• Fuego amigo → Infundio.
• “No es personal, es negocio” → Prioridad a la rentabilidad.
• Daño colateral → Civiles muertos.
• Limpieza étnica → Genocidio.
• Interrupción de flujo sobre la vía → Descarrilamiento.
Con los eufemismos se construye una representación borrosa, más benigna o directamente falsa de la realidad.
El verdadero propósito para usar eufemismos es que la crítica no sea vista como ejercicio democrático, sino como un acto de sabotaje.
Por eso, el uso sistemático e institucional de los eufemismos, puede derivar en lo que algunos denominan “tabú lingüístico”. Va una descripción menos exótica: es la prohibición práctica de llamar a las cosas por su nombre. Es el clásico: “¡Estás conmigo o contra mí!”, es una de sus expresiones más toscas.
En boca de un gobernante, el eufemismo es la herramienta predilecta para ocultar a sus votantes los aspectos más desagradables de su gestión.
En un candidato, funciona como modulador de utopías: recicla sueños, exalta emociones, seduce y enciende esperanzas que, muchas veces, solo sirven para anestesiar pesadillas.
En tiempos de crisis, el eufemismo maquilla catástrofes, disfraza incompetencias y sirve como instrumento desinformativo al servicio de la propaganda.
El asunto es que por donde se le mire, el eufemismo es el opio del lenguaje, actúa como un placebo político y anestesia la realidad con una mentira bonita bien perfumada.
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