1 mayo, 2026

LA IA NO MIENTE

•          Hace que la verdad sea imposible de probar

Por ALEJANDRO CÁRDENAS SAN ANTONIO / MASEUAL

Cuernavaca, Morelos, México, 29 de abril de 2026.- La IA está disolviendo la única cosa que toda civilización en la historia requirió para funcionar: la realidad compartida.

Lo que conceptualizamos como verdad, hoy tiene sobre sí una amenaza. ¿Qué significa esto en palabras coloquiales?

Durante miles de años, las sociedades humanas funcionaron porque compartíamos una base mínima de hechos. Veíamos juntos un acontecimiento, lo contábamos, lo registrábamos y coincidíamos en que “eso ocurrió”. Ese piso firme y común, permitió la confianza, los contratos, las leyes, la ciencia y la democracia.

Hoy, la IA generativa -herramientas como las que crean imágenes, vídeos o audios hiperrealistas- cambia todo eso. No se necesita inventar una realidad completamente falsa, basta con contaminar la nuestra para que cualquier prueba pueda ponerse en duda; esa duda ya no es paranoia, es la nueva normalidad.

Tres ideas claras resumen el problema más silencioso y peligroso de la IA actual: 1.- Las máquinas no aprendieron a construir un mundo falso. Aprendieron a hacer que el real sea imposible de probar. 2.- La verdadera amenaza es que la IA está disolviendo la única cosa que toda civilización en la historia requirió para funcionar: la realidad compartida. 3.- El acuerdo colectivo de que ciertas cosas son verdaderas porque las presenciamos juntos. Pero, una vez que eso se disuelve, nada de lo que viene después sobrevive.

Vídeos, fotos o voces creadas artificialmente que parecen totalmente reales, es a lo que se le llama deepfakes y como es muy fácil y barato generar estos contenidos, la desconfianza se extiende a todo: noticias, testimonios, pruebas judiciales o grabaciones de eventos importantes.

Recibes un vídeo en tu teléfono donde un familiar te pide dinero urgentemente porque está en apuros. Su voz y su cara parecen totalmente reales.

¿Llamas de inmediato para ayudar… o te detienes a pensar que podría ser falso?

Cada vez más, esa duda es razonable.

Hace una década, preocuparnos por las “noticias falsas” parecía exagerado. Hoy, la inteligencia artificial no solo genera mentiras convincentes, sino que está logrando algo mucho más profundo: hacer que lo real sea imposible de comprobar. No se trata de un mundo ficticio reemplazando al nuestro, sino de una niebla digital que difumina la línea entre lo auténtico y lo fabricado.

Es decir, ya vivimos con un pie en el mundo tangible y el otro en la nube.

Si no podemos confiar en lo que vemos, escuchamos o leímos en pantalla, ¿qué nos queda como evidencia verificable? La IA ha escalado la desinformación hasta convertir la verificación en un laberinto sin salida clara.

Las redes sociales, -actualmente la principal ventana al mundo-, operan con algoritmos que premian el impacto sobre la precisión. Un contenido sintético puede volverse tendencia en minutos, mientras que intentar desmentirlo, tarda días en alcanzar por lo menos a la mitad de los usuarios.

Esta asimetría informativa no es un fallo técnico, es una característica estructural que exige nuevos hábitos de consumo digital.

Un deepfake influye antes de que se demuestre que es falso y para entonces, la idea ya está instalada en la mente de miles de personas.

Un par de ejemplos: en la justicia: ¿cómo probar un delito si cualquier vídeo o audio puede ser cuestionado? en la vida diaria: estafas con voces de familiares pidiendo dinero, rumores que se viralizan en redes o noticias falsas que parecen grabadas en el lugar de los hechos.

Un ejemplo de las consecuencias en la sociedad: cada grupo termina viviendo en su propia “burbuja de hechos”.

Ya no discutimos sobre opiniones; discutimos sobre qué es real. Eso debilita la convivencia y la democracia.

La verdad no se mide por los likes, sino por la coherencia y la evidencia.

El futuro no exige rechazar la tecnología, sino fortalecer nuestra brújula ética pues sin un acuerdo básico sobre lo qué es real, las sociedades se vuelven más difíciles de gobernar y de mantenerse unidas.

La IA es una herramienta poderosa que puede ayudar en medicina, educación y ciencia; el problema no es la tecnología en sí, sino cómo afecta nuestra capacidad de confiar los unos en los otros y en la evidencia compartida.

Hoy, defender la verdad no es solo un asunto técnico: es un asunto de supervivencia civilizatoria.

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