Por ALEJANDRO CÁRDENAS SAN ANTONIO / MASEUAL
Cuernavaca, Morelos, México, 4 de mayo de 2026.- En el México actual, una mala costumbre se ha instalado en el discurso oficial, la llamada: inflación verbal. O sea, “devaluar” el lenguaje, igual que la inflación devalúa el dinero.
La inflación verbal, es ahora el escudo favorito del poder cuando no hay pruebas y cuando surgen acusaciones graves -corrupción, nexos con el crimen organizado o abusos de poder-, ahora, muchos funcionarios ya no responden con hechos, sino con una avalancha de palabras vacías.
La inflación verbal consiste en sustituir la evidencia concreta por un bombardeo de palabras grandilocuentes y redundantes.
En lugar de presentar documentos, registros financieros o explicaciones verificables, se lanza una catarata de negaciones exageradas: “¡Rechazo categórica y absolutamente!”, “¡niego rotunda, enérgica y tajantemente!”, “¡lo desmiento con toda firmeza y contundencia!”
Palabras como “categóricamente”, “absolutamente” o “rotundamente” deberían fortalecer una negación. Sin embargo, cuando se acumulan, revelan justo lo contrario: debilidad.
Porque “categóricamente” ya significa rechazar algo de manera total y definitiva. Añadir “absolutamente” o “rotundamente” no refuerza nada; solo infla artificialmente el mensaje. Es un pleonasmo. Es decir, el uso de palabras innecesarias, redundantes o superfluas.
Mucho ruido verbal. Cero transparencia real.
Quien lo usa, solamente busca crear la ilusión de una convicción férrea allí donde los hechos brillan por su ausencia.
Esta estrategia es tan burda como efectiva a corto plazo. Su lógica es simple: si no puedes desmentir las acusaciones con pruebas, al menos intenta aplastarlas bajo el peso de los adverbios.
Recordemos nuestro paso por la primaria, cuando los profesores de las escuelas públicas, nos enseñaron que un adverbio es una palabra que nos indica cómo, cuándo, dónde o cuánto se realiza una acción. Y una acción se expresa mediante un verbo. Un verbo es una palabra que nos dice qué hace alguien o algo.
Dicho de manera concisa: la inflación verbal tiene un claro objetivo y es cerrar el debate antes de que empiece y hacer que quien exija evidencia parezca un agresivo o un conspirador.
Hoy, este recurso es la muletilla más socorrida y está muy en moda por su frecuencia en los recintos y sectores del poder en México.
Basta escuchar que ante cualquier señalamiento serio, la respuesta automática suele ser una respuesta o comunicado cargado de negaciones redundantes y victimismo; y a esto, se le añade la clásica promesa vaga de que “todo se aclarará en su momento”.
El ciudadano atento ya reconoce el truco: cuanto más se inflan los adverbios, más débil es el argumento.
Los funcionarios que recurren a esta inflación verbal no están defendiendo su inocencia; están revelando su incapacidad -o su falta de voluntad- para ofrecer pruebas concretas.
En una democracia verdadera, un rechazo serio se mide por la rapidez y calidad de las evidencias, no por la cantidad de sinónimos pomposos que se apilan.
Mientras el poder siga escondiéndose detrás de palabras infladas en vez de enfrentar los hechos, la desconfianza ciudadana no hará más que crecer.
Los adverbios se devalúan con facilidad. La verdad, no.
Más historias
LA IA NO MIENTE
SEGURIDAD FALLIDA
México y su primera ley de IA: ¿protege o silencia?