CADA CLIC, DEJA UN IMPACTO AMBIENTAL

Por ALEJANDRO CÁRDENAS SAN ANTONIO / MASEUAL

Cuernavaca, Morelos, México, 22 septiembre de 2026.- Imagina que entras a una cafetería y pides un café expreso. Ahora imagina que, en el mismo lugar, alguien encarga un banquete de diez tiempos para una boda. Ambos pedidos se sirven en el mismo local, pero el esfuerzo de la cocina, los ingredientes y la energía no se parecen en nada. Algo muy similar ocurre cada vez que usamos inteligencia artificial IA.

Para millones de personas, la IA es casi magia: escribimos una pregunta, parpadeamos y llega de inmediato la respuesta. Como no vemos dónde sucede, la imaginamos flotando en “la nube”, pero la realidad es mucho más física. Detrás hay enormes edificios llamados centros de datos, llenos de computadoras potentes que trabajan día y noche y consumen dos recursos que usamos todos los días: electricidad y agua.

Me interesé en conocer un poco más sobre el tema de los recursos que utiliza o gasta la IA, porque recién leí un crudo mensaje en “X” que decía: “No me importa que África se quede sin agua y los niños se mueran de sed, lo que les voy a compartir, es más importante…” Eso me impactó y me estimuló la cosquilla periodística. 

Y es que no todas las consultas pesan lo mismo. Preguntar qué significa la palabra “empatía” es el café expreso que puse como ejemplo en el párrafo anterior: la máquina responde en segundos y gasta lo que una bombilla LED encendida unos instantes.

Subir un archivo de 300 páginas para que la IA lo resuma, es el banquete de diez tiempos para una boda. La IA no lee como una persona, hojeando. Realiza millones de operaciones matemáticas al mismo tiempo para comparar cada palabra con todas las demás y ese esfuerzo equivale a mantener un horno eléctrico encendido durante una hora.

El consumo de electricidad quizás es más fácil de entender, pero el agua no tanto. ¿Has notado cómo se calienta tu teléfono cuando realizas consultas complejas o le exiges tareas pesadas? Ahora multiplica ese calor por miles de equipos trabajando al límite. Si no se enfrían de inmediato, los chips se dañan en minutos.

Para evitarlo, muchos centros de datos usan agua dulce que se evapora y baja la temperatura de sus innumerables computadoras, igual que el sudor refresca el cuerpo cuando hacemos ejercicio. Una pregunta corta evapora apenas unas gotas o cucharaditas. Un análisis largo puede evaporar desde un vaso hasta una botella de medio litro por respuesta. Imagina ahora a 100 millones de personas haciendo preguntas a la IA todos los días y a toda hora.

La electricidad de estos centros proviene de plantas que queman carbón o gas, cosa que contamina el aire. Y cuando los edificios se instalan en regiones con sequía, compiten por el agua con los pueblos, la agricultura y las ciudades. —Parece que aquí es donde hace sentido el mordaz mensaje sobre los niños africanos.

Lo siguiente no es un consuelo para esos hipotéticos pequeños, pero los especialistas aseguran que la tecnología es más eficiente cada año, como los autos modernos que rinden más kilómetros por litro. Pero hay un truco oculto —igual que en las casas de bienestar social—: mientras la IA es cada vez más útil y la usamos con más frecuencia —pese a las presuntas amenazas de que nos va a extinguir como humanidad—, es como tener un auto ahorrador y manejar el doble de distancia: al final se gasta igual o más.

De ahí que ahora, surge un concepto para describir una recomendación de asumir una actitud en el uso de la Inteligencia Artificial y es la “sostenibilidad digital”, que significa: medir y reducir el daño ambiental que generan las pantallas, los servidores y los programas que usamos.

La sostenibilidad digital significa usar la tecnología sin desperdiciarla.

No se trata de dejar de usar la IA, una herramienta que ya es valiosa para la ciencia, la educación y el trabajo. Se trata de usarla con la misma conciencia con que apagamos la luz al salir de un cuarto o cerramos la llave mientras nos lavamos los dientes.

En la práctica, “sostenibilidad digital” significa ser específicos.

Es decir: si necesitas un dato de un documento de 100 páginas, es necesario preguntar solo por ese dato. Es la diferencia entre pedirle a alguien que lea el periódico completo en voz alta a preguntarle solo cuál fue el resultado final de un clásico de futbol.

En ese panorama, se entiende que no conviene procesar grandes volúmenes de texto cuando no hace falta. Cada vez que usamos internet, videojuegos o inteligencia artificial, detrás hay computadoras que necesitan electricidad y agua.

Cada clic, al consultar una IA, deja un impacto ambiental y, tal vez aún no lo han dicho públicamente, pero quizás en un futuro lejano, no solo en África habrá escases de agua y en aquel sarcástico mensaje, tenga que ampliarse en su redacción, la geografía.

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