Por EDILBERTO NAVA GARCÍA / MASEUAL
Chilpancingo, Guerrero, México, 19 de agosto de 20265.- Esa tarde estaba muy puntual en la oficina del directivo estatal del PRI (Partido Revolucionario Institucional). El presidente era a su vez el coordinador del congreso local, así que el trabajo era, a veces, más del doble. Me dijo de sopetón el dirigente: eres necesario aquí pero el gobernador ha girado instrucciones. Ve con el secretario particular; a él le encargó un asunto que debes resolver en tres días.
Y uno aprende a acatar, más cuando se tiene aspiraciones políticas. Me dirigí de inmediato al segundo piso de palacio de gobierno, donde despachaba el gobernador. Lógicamente, iba por las indicaciones que aquel ya había impartido al secretario particular. Yo conocía con antelación a dicho personaje, quien había iniciado ahí como secretario auxiliar del ejecutivo, mas como el anterior particular, Humberto Salgado Gómez despachaba ya como secretario general de gobierno, aquel pasó a ocupar la vacante.
Me apersoné en la particular; el secretario, sin más me explicó: en esto de las auscultaciones políticas han emergido dos aspirantes en Tlacoachistlahuaca; uno de ellos trabajó hace años como chofer de mi tío Mateo. Mi tío el diputado vino a ver al señor gobernador, preocupado porque supo que allá se dice que él lo ha propuesto ante el partido, lo que no es cierto. Vino a pedir que el partido envíe a un delegado con experiencia, que con mucho cuidado vaya y resuelva; que sea un delegado ajeno a la región y al municipio. El diputado no tiene ligas con nadie en este caso, por lo que desea mantenerse ajeno al proceso selectivo que ha de realizar el partido.
No se me dijo más. Retorné a la oficina para avisar que al día siguiente salía a Costa Chica. En Tlacoachistlahuaca había yo estado en tres ocasiones, de visita, casi de paso; conocía de vista a sus dos más recientes alcaldes, por cierto menores de cuarenta años ambos, cosa rara, pues en muchos municipios los alcaldes solían ser de más de cincuenta años de edad. A mi arribo a Ometepec me hospedé en uno de los dos únicos hoteles que en ese entonces había. Acudí a reportarme con el presidente municipal, quien no estaba en su oficina, sino en su domicilio. La secretaria le avisó y Pepín Torres del Cueto indicó que me llevasen a su domicilio. Muy educado y atento, el alcalde me informó que tenía instrucciones superiores para que me brindara lo necesario en mi tarea si yo se lo pedía. Así lo hizo.
En mi presencia le pidió a uno de sus amigos, con camioneta propia, sin logo oficial, me llevase al punto que yo indicara. Así que cuando el sol apuntó en el oriente de Tlacuachistlahuaca yo deambulaba como un forastero común, recorriendo un tanto despreocupado por las calles de aquella cabecera municipal. Casi todos sus moradores se hablaban en amuzgo y sólo en uno de los billares escuché voces en castellano. No me atreví a preguntar por un algo. En su jardín central con su kiosco, a eso de las diez de la mañana había ya muchos campesinos con su vestimenta acostumbrada, pero todos con machete en mano. Opté por meterme al templo parroquial y al salir volví a cruzar el jardín ya con más personas. Dos cuadras al norte pregunté por el panteón y me indicaron, me encaminé pero no llegué a él, sino que me metí a un restaurancito y almorcé sabrosamente con un café de la región.
El servicio telefónico era de caseta; al preguntar por los dirigentes del priismo resultó que estaban en la presidencia municipal. Acudí al lugar y el alcalde me hizo varias preguntas porque dudó que yo fuese el delegado. Me identifiqué y entonces el diálogo fluyó mucho mejor. Efectivamente eran dos los aspirantes, pero uno de ellos no llegaba al lugar, pues resulta que se había ofrecido conducirme de Acapulco hacia Tlacoachistlahuaca. Ignoraba él que desde el día anterior yo ya andaba en el rumbo. El caso es que arribó a media tarde y muy confiado en que sus paisanos decidirían su candidatura, porque el sí había cursado primero de preparatoria, en tanto que el otro aspirante sólo contaba con primaria concluida. Frente al palacio municipal ya había medio millar de ciudadanos, todos varones.
Indiqué a ambos aspirantes que se hicieran acompañar de tres de sus simpatizantes, los más capaces, orientados y buenos para hablar en favor del aspirante de sus preferencias. Los nueve pasamos a un patio grande y acordamos la forma de seleccionar al candidato en asamblea abierta. Sólo hubo un pero: no todos los asistentes frente al palacio municipal contaban con su credencial de elector. Acordamos entonces que un filtro de cuatro ciudadanos, dos de cada aspirante, decidirían respecto de quienes eran menores de dieciocho años. Indiqué que hablarían en favor dos por cada aspirante, en su idioma, traduciendo o no, y los terceros serían los propios aspirantes. Indiqué que en los discursos de 3 minutos estaba prohibida la descalificación del adversario, la ofensa o aludir defectos personales. Como cuando vamos a sepultar a un mayor, decimos sólo las cosas buenas que hizo en su vida, les dije. Algunos rieron. Luego de los discursos procedimos a recibir la votación con dos representantes de cada aspirante. Todo salió bien, pese a que por lo menos treinta jóvenes no pudieron votar porque se consideró que no habían cumplido los dieciocho años de edad. Guardo por ahí el acta respectiva; el ganador obtuvo 289 votos y el otro 236. Se firmó dicha acta que sirvió de base a la dirigencia estatal partidista.
Lo supe días después, cuando borraban y volvían a escribir mi nombre por la candidatura de Mártir de Cuilapan. Quien me propuso para resolver lo de -Tlacoachistlahuaca había sido Ángel Heladio Aguirre Rivero, secretario particular del gobernador, Alejandro Cervantes Delgado.
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